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En busca de la ciudad del sol poniente (Howard Phillips Lovecraft) - pág.80

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Detrás de él se elevaba casi verticalmente, hasta perderse de vista, un acantilado de basalto cubierto con repugnantes bajorrelieves, y en cuya parte superior se abría un arco tallado y tenebroso que era por donde acababa él de caer. Ante Carter se extendía una doble fila de pilares, fragmentos y basas de columnas que marcaban el lugar donde antiguamente había existido una amplia calle ahora desaparecida. Por las urnas y fuentes que jalonaban el camino comprendió que, en sus días, esta calle había estado rodeada de parques. Al final, los pilares se abrían en torno a una plaza redonda, y en aquel círculo descollaban, gigantescas, bajo las cárdenas nubes de la noche, un par de estatuas monstruosas. Se trataba de los inmensos leones alados de diorita, cuyas cabezas grotescas e indemnes se alzaban en las sombras hasta una altura de más de veinte pies, y parecían gruñir con gesto amenazador a las ruinas que les rodeaban. Carter sabía muy bien qué significaban, puesto que la leyenda sólo habla de una pareja de leones como ésta. Se trata sin duda de los imperturbables guardianes del Gran Abismo; por consiguiente, las ruinas pertenecían a la auténtica ciudad primordial de Sarkomand.
Lo primero que hizo Carter fue obstruir la boca de la cueva por donde había caído mediante bloques sueltos y piedras que había por allí. No quería llevar tras de sí a ningún servidor del maligno monasterio de Leng, puesto que por el largo camino que aún tenía delante le acecharían muchos otros peligros. No tenía ni idea de qué dirección tomar para ir de Sarkomand a las regiones habitadas del País de los Sueños. Tampoco sacaría nada en limpio con bajar a las grutas de los gules, pues sabía que éstos no estaban mejor informados que él. Los tres gules que le habían ayudado a atravesar la ciudad de los gugos hasta el mundo exterior, le habían dicho que no sabían regresar por Sarkomand, y que preguntarían el camino a los viejos mercaderes de Dylath-Leen. Mucho menos le gustaba la idea de volver nuevamente al mundo subterráneo de los gugos y arriesgarse una vez más en la torre infernal de Koth, cuyos ciclópeos escalones suben hasta el bosque encantado; pero sabía que no tendría más remedio que hacerlo si fallaban las demás posibilidades. Por la meseta de Leng, al otro lado del solitario monasterio, no se atrevía a regresar sin ayuda de ninguna clase, porque los emisarios del gran sacerdote debían de ser muy numerosos, y al final del viaje tendrían inevitablemente que volver a enfrentarse con los shantaks y quizá con algo más.


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