En busca de la ciudad del sol poniente (Howard Phillips Lovecraft) - pág.78
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Ante esta figura, el hombre de los ojos oblicuos hizo ciertos signos con las manos; y el que acechaba en las tinieblas respondió alzando entre sus patas vestidas de seda una flauta de marfil y sacando de ella ciertos sonidos repugnantes, bajo su flotante máscara amarilla. Así continuó el coloquio durante un tiempo, y Carter comenzó a encontrar algo repugnantemente familiar en el sonido de aquella flauta y en la fetidez de aquel lugar nauseabundo. Todo aquello le hacía pensar en cierta horrible ciudad iluminada por luces rojas, y en la repugnante procesión que un día desfilara por sus calles. También le recordaba su terrible ascensión por las regiones lunares, interrumpida cuando los fraternales gatos de la tierra se lanzaron en masa a rescatarlo. Carter sabía que la criatura del estrado era sin duda alguna el gran sacerdote indescriptible de quien las leyendas hacen conjeturas tan perversas y depravadas; pero le daba miedo pensar qué clase de criatura sería aquel detestable sacerdote, en realidad.
Entonces, inadvertidamente, la figura de seda descubrió un poco una de sus zarpas grisáceas, y Carter se dio cuenta de quién era el abominable sacerdote. Y en aquel supremo trance, el terror le empujó a hacer algo que su razón jamás se habría atrevido a intentar; porque en su trastornada conciencia sólo había sitio para un único deseo: el de huir de aquella cosa achaparrada encaramada en aquel trono de oro. Sabía que se hallaba rodeado por un laberinto insalvable, y luego por la fría meseta del exterior; sabía que más allá de la meseta aguardaban los perversos pájaros shantaks ; y sin embargo, pese a todo, su espíritu sólo experimentaba la imperiosa necesidad de huir de aquella viscosa monstruosidad vestida de seda.
El hombre de los ojos oblicuos colocó la extraña lámpara sobre uno de aquellos altares cubiertos de horrendas manchas que rodeaban el pozo, y avanzó unos pasos para hablar con el gran sacerdote mediante gestos de manos. Carter, que hasta entonces se había mantenido en una actitud pasiva, dio un tremendo empujón al hombre aquel con toda la furia salvaje de su terror, de suerte que lo precipitó irremediablemente en el pozo, el cual se dice que llega hasta las infernales criptas de Zin, donde los gugos entran a cazar lívidos en las tinieblas. Casi inmediatamente, cogió la lámpara y echó a correr desatado por los laberintos de los frescos, dejando que el azar determinase su camino, y procurando no pensar en los apagados pasos que venían tras él ni en las abominaciones que se retorcían y arrastraban por los tenebrosos corredores.
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