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En busca de la ciudad del sol poniente (Howard Phillips Lovecraft) - pág.77

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No cabía error alguno, ya que las leyendas del País de los Sueños son abundantes y elocuentes. Aquella ciudad era, con toda seguridad, nada menos que la famosa Sarkomand, cuyas ruinas se blanqueaban al sol desde hacía más de un millón de años, antes de que el primer ser auténticamente humano viera la luz, y cuyos titánicos leones gemelos custodian eternamente las escaleras que descienden del país de los Sueños al Gran Abismo.
En otros paisajes se representaban los desnudos picachos de roca gris que separan la meseta de Leng del país de Inquanok, y en ellos se veían los monstruosos pájaros shantaks, que construyen sus nidos en los rebordes de sus escarpadas laderas. Y también se veían las singulares cavernas que se abren junto a las cumbres de los picos más elevados, mostrándose cómo aun el más atrevido de los shantaks huye despavorido de esas cavernas. Carter las había visto al volar por encima de la cordillera, observando la semejanza que tenían con las del Ngranek. Ahora veía claro que este parecido era más que una mera casualidad, ya que en aquellos cuadros se representaban a sus terribles inquilinos, cuyas alas membranosas, cuernos retorcidos, rabos puntiagudos, zarpas prensiles y cuerpos grumosos no le resultaban extraños en absoluto. Había visto anteriormente esas criaturas rapaces de vuelo silencioso, esos guardianes sin alma del Gran Abismo a quienes temen incluso los Grandes Dioses, cuyo señor no es Nyarlathotep, sino el venerable Nodens. Se trataba de las descarnadas alimañas de la noche, que jamás ríen ni sonríen porque carecen de rostro, y que vuelan sin fin en la oscuridad que se extiende entre el Valle de Pnath y los pasos que dan acceso al trasmundo.
El mercader de los ojos oblicuos empujó entonces a Carter al interior de una gran estancia abovedada cuyos muros estaban revestidos de impíos bajorrelieves; en el centro se abría la boca circular de un pozo, rodeada por seis piedras de altar cubiertas de manchas horrendas. No había la menor luz en aquella cripta maloliente, y la lamparita del siniestro mercader alumbraba tan poco que Carter fue reparando en los detalles muy poco a poco. En el rincón opuesto había un alto estrado de piedra al que se subía por cinco peldaños; y allí, sentada en su trono de oro, se hallaba una pesada figura envuelta en ropajes de seda amarilla con dibujos en rojo, con el rostro cubierto por una máscara de seda del mismo color.


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