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En busca de la ciudad del sol poniente (Howard Phillips Lovecraft) - pág.69

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Y antes de que empezara a caer la tarde, había dejado atrás otras once canteras. El terreno aquí era muy accidentado, con infinidad de farallones y riscos de ónice, y en el suelo no había forma alguna de vegetación, sino sólo fragmentos enormes de rocas esparcidas por la tierra negra; y los infranqueables picos grises alzándose desnudos y siniestros a su derecha. La tercera noche la pasó en un campamento de canteros, cuyos fuegos vacilantes arrojaban fantásticos reflejos sobre los bruñidos peñascos del oeste. Y cantaron muchas canciones y relataron muchas historias, poniendo de manifiesto tan insospechados conocimientos sobre los tiempos antiguos y las costumbres de los dioses, que Carter quedó convencido de que ello se debía a los muchos recuerdos latentes que habían heredado de sus antepasados los Grandes Dioses. Le preguntaron adónde se dirigía, advirtiéndole que no debía adentrarse demasiado al norte, pero él contestó que estaba buscando nuevos yacimientos de ónice y que no se arriesgaría más de lo que es habitual entre los prospectores. Por la mañana se despidió de ellos y siguió su camino hacia el tenebroso norte, donde, según le dijeron, encontraría la temida y jamás visitada cantera de la que unas manos más antiguas que las del hombre habían arrancado bloques prodigiosos. Pero, cuando ya se volvía por última vez a decirles adiós, le pareció ver aproximarse al campamento la figura achaparrada del viejo y escurridizo mercader de ojos oblicuos, cuyo supuesto comercio con los seres de Leng era objeto de habladurías en la lejana Dylath-Leen. Y esto no le gustó nada.
Después de cruzar dos canteras más, terminó la zona habitada de Inquanok; el camino se estrechó convirtiéndose en un empinado sendero de yaks, flanqueado de peñascos siniestros y negros. Los picos distantes y austeros se alzaban a su derecha, y a medida que Carter se adentraba más y más en aquella región inexplorada, todo se le iba volviendo más oscuro y más frío. No tardó en comprobar que el negro sendero carecía de huellas y de pisadas de yak y que, en efecto, aquellos caminos desiertos y extraños databan de tiempos remotos. De cuando en cuando cruzaba graznando algún cuervo, o se oían fuertes aleteos tras alguna roca, lo que le hacía pensar con inquietud en las leyendas que corrían sobre los pájaros shantaks. Pero lo esencial era que él estaba solo con su lanuda montura y lo que le preocupaba era observar que su excelente yak se resistía cada vez más a avanzar, notándole más predispuesto por momentos a sobresaltarse al menor ruido.


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