En busca de la ciudad del sol poniente (Howard Phillips Lovecraft) - pág.60
Indice General
|
Volver
Página 60 de 117
Hablaban poco con los demás parroquianos de aquellas antiguas tabernas portuarias, y se sentaban en grupos en los rincones más oscuros del local para entonar canciones misteriosas de ignorados lugares, o para contar relatos con exótico acento que en nada se parecía al del resto del País de los Sueños. Y tan raras y excitantes eran aquellas tonadas y narraciones, que en los rostros de los que escuchaban podía adivinarse todo su misterio, aun cuando las palabras no fueran más que extrañas cadencias y vagas melodías para los oídos profanos.
Durante una semana estuvieron frecuentando la taberna los marineros de Inquanok, mientras los traficantes trataban sus negocios en los bazares de Celephais; y antes de que zarparan, Carter tomó un pasaje en su barco tenebroso, explicando que era un antiguo minero que había trabajado en minas de ónice, y que quería volver a trabajar en sus canteras. El barco era magnífico y estaba primorosamente labrado en madera de teca con incrustaciones de ébano y trazados de oro, y el camarote que le asignaron tenía cortinajes de seda y terciopelo. Una mañana, al cambiar la marca, izaron las velas, levaron anclas, y Carter, de pie en lo alto de la popa, vio hundirse en la distancia, arrebolados por los primeros rayos del sol, los dorados alminares y las estatuas de bronce de la ciudad intemporal de Celephais, al tiempo que la cumbre nevada del Monte Arán se iba haciendo cada vez más pequeña. Hacia el mediodía sólo tenían a la vista el azul suave del Mar Cerenario y una galera pintada que, allá lejos, navegaba rumbo a ese reino de Serannia donde el mar se junta con el cielo.
Llegó la noche con rutilantes estrellas, y el oscuro barco puso proa al Carro y a la Osa Menor, que se mecía suavemente alrededor del polo. Y los tripulantes entonaron extrañas canciones de ignorados lugares, y fueron subiendo uno por uno al castillo de proa, mientras los taciturnos vigías murmuraban viejos cantos y se inclinaban sobre la borda para contemplar cómo jugaban los peces luminosos junto a la roda, bajo el agua. Carter se retiró a dormir a las doce de la noche, y se levantó con las primeras claridades de la mañana, observando que el sol se hallaba mucho más al sur de lo que a él le habría gustado. Y durante todo el día hizo progresos en cuanto a su comunicación con los hombres del barco, pues muy poco a poco les fue haciendo hablar de su fría tierra crepuscular, de su primorosa ciudad de ónice y de su temor a los elevados e infranqueables picos, más allá de los cuales se extiende, según dicen, la meseta de Leng.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-117
|