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En busca de la ciudad del sol poniente (Howard Phillips Lovecraft) - pág.59

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El daría todo este retiro por volver a escuchar el lejano repicar de las campanas de Cornualles; y los mil alminares de Celephais, a cambio de los tejados picudos y familiares del pueblecito cercano a su casa natal. Por ello dijo a su huésped que seguramente no encontraría en aquella desconocida ciudad del sol poniente la felicidad que él buscaba, y que tal vez sería mejor que la considerara como un sueño esplendoroso y evanescente. Porque Kuranes había visitado con frecuencia a Carter en los viejos días de su vida vigil, y conocía muy bien las encantadoras laderas de Nueva Inglaterra que le vieron nacer.
Estaba seguro de que, al final, el explorador acabaría suspirando por revivir escenas de su primera infancia: el fulgor de Beacon Hill al atardecer, los altos campanarios y las calles tortuosas y empinadas de la fantástica ciudad de Kingsport, los venerables tejados de la antiquísima y embrujada Arkham, las venturosas praderas y los valles cruzados de serpeantes cercas de piedra, y los blancos tejados de las casas de campo que asomaban entre macizos de verdura. Todo esto le dijo a Randolph Carter, pero él siguió empeñado en su propósito. Y finalmente, cada cual mantuvo su propia convicción, y Carter regresó a Celephais por las puertas de bronce y bajó por la Calle de los Pilares hasta la vieja muralla junto al mar, donde volvió a conversar con los marineros que procedían de puertos remotos, y aguardó a que llegara el barco tenebroso de la fría Inquanok crepuscular, cuyos marineros y traficantes de ónice poseen extraños semblantes y llevan sangre de los Grandes Dioses en las venas.
Una noche estrellada en que el Lucero derramaba una espléndida claridad sobre la dársena, entró en puerto el barco tan esperado; y los tripulantes y mercaderes de extraños rostros fueron dejándose ver, de uno en uno y en grupos pequeños, por las tabernas que se extienden a lo largo de los muelles. Resultaba apasionante ver de nuevo en unos rostros vivientes los rasgos divinos del pétreo semblante del Ngranek. Sin embargo, Carter no se dio prisa en hablar con aquellas gentes silenciosas. Aún ignoraba si aquellos hijos de los Grandes Dioses serían demasiado altivos o reservados, o qué recuerdos vagos y excelsos guardarían en la memoria. Pero estaba seguro de que no sería oportuno abordarles para hablar de su empresa o para preguntar por el desierto frío que se extiende al norte de sus tierras crepusculares.


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