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En busca de la ciudad del sol poniente (Howard Phillips Lovecraft) - pág.28

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En lo más bajo de su ladera crecían los árboles diseminados; algo más arriba era arbustos raquíticos lo que había; y en las alturas, sólo la roca tremenda y desnuda se alzaba espectral en el cielo para mezclarse con el hielo y las nieves eternas. Carter contempló las grietas y escarpas de aquellas rocas sombrías, y no le pareció muy grata la empresa de escalarlas. En algunos lugares se veían corrientes de lava petrificada y montones de escoria apilados en pendientes y cornisas. Hace noventa evos, antes de que los dioses vinieran a danzar sobre el agudo pico, aquella montaña había hablado el lenguaje del fuego y había rugido con la voz de los truenos interiores. Ahora se erguía silenciosa y siniestra, conservando en su cara oculta aquel gigantesco semblante secreto del que se hablaba con temeroso respeto. Y había cuevas en aquel monte cuyas tinieblas, jamás disipadas desde los tiempos más remotos, acaso estuvieran vacías y solitarias, o tal vez -si la leyenda decía verdad- albergaran horrores de formas insospechadas.
Hasta el pie del Ngranek, el suelo ascendía cubierto de escasos robles y de fresnos desmedrados, sembrado de fragmentos rocosos, de lava y de antiguas cenizas. Encontró allí Carter los restos carbonizados de muchos fuegos de campamento, pues los recolectores de lava acostumbraban sin duda a detenerse allí, y varios altares rudimentarios, construidos ya para propiciarse a los Grandes Dioses, ya para conjurar a los seres -quizá sólo soñados- que habitan en los elevados desfiladeros y en el dédalo de grutas del Ngranek. Al atardecer, Carter alcanzó el montón de cenizas más lejano de todos y acampó allí para pasar la noche. Ató la cebra a una rama y se envolvió bien en las mantas antes de quedarse dormido. Y durante toda la noche estuvo ululando un voonith lejano al borde de alguna charca oculta, pero Carter no sintió miedo alguno ante aquel espantoso ser anfibio, pues le habían asegurado que ninguno de los seres de esta especie se atreve a acercarse siquiera a la falda del Ngranek.
A la clara luz de la mañana siguiente, comenzó Carter el largo ascenso. Llevó su cebra hasta donde el útil animal pudo llegar, y la ató a un fresno raquítico, cuando la pendiente se hizo demasiado pronunciada. A partir de aquí subió él solo. Primero atravesó el bosque, en cuyos calveros cubiertos de maleza abundaban las ruinas de antiguos poblados. Después recorrió los duros campos donde crecían diseminados unos arbustos anémicos.


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