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En busca de la ciudad del sol poniente (Howard Phillips Lovecraft) - pág.20

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Carter había cogido la antorcha de un esclavo caído, pero no tardó en verse desbordado por las crecientes oleadas de sus fieles defensores. Cayó entonces en la más completa negrura, en cuyo seno escuchó el fragor de la batalla y los gritos de los vencedores. y sintió las suaves patas de sus amigos que de un lado a otro le saltaban por encima, en medio de la refriega.
Finalmente, el horror y la fatiga le cerraron los ojos, y cuando los abrió nuevamente, se vio inmerso en una escena extraña. El gran disco resplandeciente de la Tierra, trece veces mayor que el de la luna tal como nosotros la vemos, derramaba torrentes de inquietante luz sobre el paisaje lunar. Y a través de leguas y leguas de meseta salvaje y de crestas desgarradas, se extendía un mar interminable de gatos alineados en círculos concéntricos. Dos o tres de los jefes de este ejército se hallaban fuera de las filas, y le lamían la cara y ronroneaban para consolarle. No quedaba ni rastro de los esclavos y de los seres con forma de sapo, aunque Carter creyó ver un hueso no lejos de donde se encontraba, en el espacio que quedaba despejado entre él y los guerreros.
Carter habló entonces con los jefes en el suave lenguaje de los gatos, y se enteró de que su antigua amistad con la especie gatuna era muy conocida y comentada en todo lugar donde los gatos se reunían. No había pasado inadvertido por Ulthar, y los viejos gatazos lustrosos recordaban cómo los había acariciado después que ellos se hubieran ocupado de los hambrientos zoogs, que tan perversamente miraban al gatito negro. Y recordaban también lo cariñosamente que había acogido al gatito que subió a verle en la posada, y el platito de riquísima leche con que le había obsequiado la mañana antes de marcharse. El abuelo de aquel cachorrillo era precisamente el jefe del ejército allí reunido, ya que había visto la maligna procesión desde una lejana colina, reconociendo en el prisionero a un amigo fiel de su especie, tanto en la Tierra como en el país de los sueños.
Sonó un aullido desde un pico lejano, y el viejo jefe interrumpió su charla. Era uno de los vigías del ejército, apostado en la más elevada de las montañas para vigilar al único enemigo que temen los gatos de la Tierra: a los mismísimos gatos enormes de Saturno, que por alguna razón no han olvidado el encanto de la cara oscura de nuestra luna.


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