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Poirot infringe la ley (Agatha Christie) - pág.6

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Totalmente escéptico, lo seguí y observé cómo buscaba en el arcón del pan, tanteaba ollas y metía su cabeza en el horno de la cocina. Al fin, cansado de mirarlo, me fui a la biblioteca, convencido de que allí, y solo allí, hallaríamos la caja. Después de realizar un nuevo y minucioso registro, comprobé que eran las cuatro y cuarto, por lo que el amanecer estaba próximo. Esto guió mis pasos a las regiones de la cocina.
Para mi sorpresa, Poirot se hallaba dentro de la carbonera. Su pulcro traje claro estaba hecho una calamidad. Me sonrió al decirme:
-Sí, amigo mío, estropear mi aspecto no me causa placer alguno, pero... ¿qué hubiera hecho usted?
-Seguro que Lavington no ha enterrado la caja en el carbón.
-Si usara sus ojos vería que no es el carbón lo que examino.
Entonces descubrí una oquedad en el fondo de la carbonera, repleta de leños bien apilados. Poirot procedía a quitarlos uno a uno. De pronto, exclamó en voz baja:
-¡Su cuchillo, Hastings!
Se lo entregué y me pareció que lo insertaba en un tronco, que se abrió en dos. Entonces observé que había sido pulcramente aserrado por la mitad y que, en su centro, había sido tallada una cavidad. De aquella cavidad, Poirot sacó una pequeña caja de madera, de fabricación china.
-¡Estupendo! -grité.
-Calma, Hastings. No levante demasiado la voz. Vamos, salgamos antes de que la luz del día caiga sobre nosotros.
Deslizó la caja en uno de sus bolsillos y, de un ágil salto, salió de la carbonera. Luego se sacudió la suciedad y abandonamos la casa por el mismo lugar por el que habíamos entrado. Finalmente, reemprendimos el regreso a Londres.
-¡Vaya escondite más extraordinario! -exclamé-. Sin embargo, cualquiera hubiera podido utilizar aquel leño.
-¿En julio, Hastings? Además, se olvida de que era el último de la pila y un escondite muy ingenioso. ¡Ahí viene un taxi! Ahora a casa, donde me espera un baño y un sueño reparador.

-Después de la excitación de la noche, dormí hasta muy tarde. Cuando al fin entré en nuestro despacho, poco antes de las doce, me sorprendió ver a Poirot apoyado en el respaldo del sillón con la caja china abierta a su lado, leyendo tranquilamente la carta que había sacado de ella.
Me sonrió afectuoso y golpeó la hoja que leía.
-Lady Millicent tenía razón. El duque jamás le hubiera perdonado esta carta.


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