Poirot infringe la ley (Agatha Christie) - pág.5
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-Su atuendo es el apropiado para este caso
-me dijo-. En marcha, tomaremos el metro hasta Wimbledon.
-¿No nos llevamos las herramientas adecuadas para forzar la puerta?
-~Mi querido Hastings! Hercule Poirot no emplea semejantes métodos.
Era medianoche cuando penetramos en un reducido jardín suburbano de Buona Vista. La casa se hallaba oscura y silenciosa.
Poirot se encaminó directamente hacia una ventana de la parte trasera de la casa. La levantó sin hacer ruido y me invitó a entrar por ella.
-¿Cómo sabía que esta ventana se abriría?
-susurré, pues realmente parecía cosa de magia.
-Me cuidé de su cerrojo esta mañana.
-¿Qué?
-Sí, hombre. Fue cosa fácil. Me presenté como agente del inspector Japp y dije que me enviaba Scotland Yard para colocar unos cierres a prueba de robo solicitados por Mr. Lavington. El ama de llaves me dio toda clase de facilidades, pues han sufrido dos intentos de robo últimamente. Eso demuestra que nuestra idea la han tenido ya antes otros clientes de Mr. Lavington, si bien no lograron llevarse nada de valor. Después de examinar todas las ventanas y de hacer mis pequeños arreglos, prohibí a los criados que las tocasen hasta mañana por haberlas conectado a la corriente eléctrica.
-Realmente, Poirot, es usted fantástico.
-Mon ami, fue de lo más sencillo que pueda imaginarse. Y ahora, manos a la obra. Los criados duermen en la parte alta de la casa, así que corremos poco peligro de molestarlos.
-Imagino que la caja estará empotrada en alguna parte.
-¿Caja? ¡Pamplinas! Mr. Lavington es inteligente. Ya comprobará que tiene un escondite mas idóneo que una caja. Eso es lo primero que todos registran.
Iniciamos una investigación sistemática. Pero, tras varias horas de registrar la casa, nuestra búsqueda seguía siendo infructuosa. Vi síntomas de furia en el rostro de Poirot.
-Ah, sapristi! ¿Acaso Hercule Poirot puede ser vencido? ¡Jamás! -exclamó-. Tranquilicémonos. Reflexionemos. Razonemos. En fin, empleemos nuestras pequeñas células grises.
Guardó silencio y sus cejas se contrajeron en un evidente signo de concentración mental. De repente, la luz verde que yo conozco tan bien se reflejó en sus ojos.
-¡Soy un imbécil! ¡La cocina!
-¿La cocina? -interrogué-. ¡Imposible! Los criados descubrirían más pronto o más tarde el escondite.
-¡Exacto! Lo que el noventa y nueve por ciento de las personas dirían. Por eso la cocina es el lugar más idóneo. Está llena de diversos objetos caseros. ¡Vamos a la cocina!
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