Poirot infringe la ley (Agatha Christie) - pág.3
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El duque es un hombre muy celoso, suspicaz y propenso a pensar lo peor. Esto podría arruinar nuestro compromiso.
-Tranquilícese, milady. Veamos, ¿qué puedo hacer por usted?
-Quizás sea más factible su ayuda si le pido a Mr. Lavington que le visite a usted. Puedo decirle que le he concedido poderes para tratar este asunto. Así tal vez logre reducir sus exigencias.
-¿Cuánto pide?
-Veinte mil libras.., que no tengo. Incluso dudo de que me sea fácil reunir mil.
-¿Y si pidiera prestado el dinero con la excusa de su próxima boda? ¡No, me repugna la sola idea del chantaje! El ingenio de Hercule Poirot derrotará a su enemigo. Mándeme a ese Lavington. ¿Considera probable que lleve encima la carta?
La joven sacudió la cabeza.
-No lo creo. Es muy desconfiado.
-¿Supongo que no hay duda alguna en cuanto a que realmente posee la carta? -preguntó el detective.
-Me la enseñó cuando estuve en su casa.
-¿Fue usted a su domicilio? ¡Gran imprudencia, milady!
-¡Estaba tan desesperada! Confié en que mis súplicas lo ablandarían.
-Oh, Li, Li! Los hombres de esa calaña son inconmovibles ante las súplicas -dijo Poirot-. Con ello sólo le ha demostrado cuánta importancia concede usted al documento. ¿Dónde vive tan agradable caballero?
-En Buona Vista, Wimbledon. Fui allí después del anochecer. -Poirot emitió un leve gemido-. Le amenacé con denunciarlo a la policía y se rió de mí. «¿De veras, mi querida lady Miliicent? Hágalo si lo desea», fue la respuesta.
-Desde luego, no es un asunto que deba llevarse a la policía -murmuró Poirot pensativo.
Y ella continuó:
-«Espero que sea usted más sensata -añadió Lavington-. Mire, en esta pequeña caja china de madera guardo su carta.» La abrió y, al desplegar las hojas ante mí, quise cogerlas, pero él fue más rápido. Después de sonreírme cínicamente, las dobló y las puso de nuevo en la cajita de madera. «Aquí está completamente segura, no tema -me dijo-. Guardo la caja en un lugar secretísimo, jamás la encontraría.» Mis ojos se volvieron a la pequeña caja de caudales adosada a la pared y él sacudió la cabeza y rió: «Sé de un escondite mejor que éste.» ¡Oh, qué odioso! ¿Cree usted que podrá ayudarme?
-Tenga fe en papá Poirot. Hallaré el modo.
Semejante seguridad estaba muy bien, pensé mientras Poirot acompañaba galantemente a la dama hasta la escalera. Sin embargo, comprendí que nos había tocado en suerte un hueso duro de roer.
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