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Lingotes de oro (Agatha Christie) - pág.9

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La que estaba de guardia aquella noche acercó su butaca a la ventana, que tenía la persiana levantada, y declaró que el camión no pudo haber salido del garaje de enfrente sin que ella lo viera y juró que nadie salió de allí aquella noche.
-No creo que esto deba considerarse un problema -comentó Joyce-. Es casi seguro que la enfermera se quedó dormida, siempre se duermen.
-Es lo que siempre ocurre -dijo Mr. Petherick juiciosamente-. Pero me parece que aceptamos los hechos sin examinarlos lo suficiente. Antes de aceptar el testimonio de la enfermera debiéramos investigar de cerca su buena fe. Una coartada que surge con tal sospechosa prontitud despierta dudas en la mente de cualquiera.
-También tenemos la declaración de la artista -dijo Raymond-. Dijo que se encontraba muy mal y pasó despierta la mayor parte de la noche, de modo que hubiera oído sin duda alguna el camión, puesto que era un ruido inusitado y la noche había quedado muy apacible después de la tormenta.
-¡Hum...! -dijo el clérigo-. Eso desde luego es un factor adicional. ¿Tenía alguna coartada el propio Kelvin?
-Declaró que estuvo en su casa durmiendo desde las diez en adelante, pero no pudo presentar ningún testigo que apoyara su declaración.
-La enfermera debió quedarse dormida lo mismo que su paciente -dijo la joven-. La gente enferma siempre se imagina que no ha pegado ojo en toda la noche.
Raymond West lanzó una mirada interogativa al doctor Pender.
-Me da lástima ese Kelvin. Me parece que es víct-ma de aquello de «Por un perro que maté.... Kelvin había estado en la cárcel. Aparte de la huella del neumático, que es desde luego algo demasiado evidente para ser mera coincidencia, no parece haber mucho en contra suya, excepto sus desgraciados antecedentes.
-¿Y usted, sir Henry?
El aludido movió la cabeza.
-Da la casualidad -replicó sonriendo- que conozco este caso, de modo que evidentemente no debo hablar.
-Bien, adelante, tía Jane. ¿No tienes nada que decir?
-Espera un momento, querido -respondió miss Marple-. Me temo que he contado mal. Dos puntos del revés, tres del derecho, saltar uno, dos del revés... sí, está bien. ¿Qué me decías, querido?
-¿Cuál es tu opinión?
-No te gustaría, querido. He observado que a los jóvenes nunca les gusta. Es mejor no decir nada.
-Tonterías, tía Jane. Adelante.
-Pues bien, querido Raymond -dijo miss Marple dejando la labor para mirar a su sobrino- creo que deberías tener más cuidado al escoger a tus amistades.


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