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Lingotes de oro (Agatha Christie) - pág.6

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-Buenos días señor, hermosa mañana.
-Supongo que lo es, sí -repliqué dubitativo sin poder sacudir por completo mi pesimismo.
Sin embargo, como había dicho el jardinero, la mañana era espléndida. El sol brillaba en un cielo azul pálido que prometía un tiempo magnífico para todo el día. Bajé a desayunar silbando una tonadilla. Newman no tenía ninguna doncella en la casa, solo un par de hermanas de mediana edad, que vivían en una granja cercana, acudían diariamente para atender a sus sencillas necesidades. Una de ellas estaba colocando la cafetera sobre la mesa cuando yo entré en la habitación.
-Buenos días, Elizabeth -dije-. ¿No ha bajado todavía Mr. Newman?
-Debe de haber salido muy temprano, señor -me contestó-, pues no estaba en la casa cuando llegamos.
Al instante sentí renacer mi inquietud. Las dos mañanas anteriores Newman había bajado a desayunar un poco tarde y en ningún momento supuse que fuese madrugador. Impulsado por mis presentimientos, subí a su habitación. La encontré vacía y, además, sin señales de que hubiera dormido en su cama. Tras un breve examen de su dormitorio, descubrí otras dos cosas. Si Newman salió a pasear debió de hacerlo en pijama, puesto que éste había desaparecido.
Entonces tuve el convencimiento de que mis temores eran justificados. Newman había salido, como dijo que haría, a dar un paseo nocturno y, por alguna razón desconocida, no había regresado. ¿Por qué? ¿Habría tenido un accidente? ¿Se habría caído por el acantilado? Debíamos averiguarlo en seguida.
En pocas horas ya había reclutado a un gran número de ayudantes y juntos lo buscamos en todas direcciones, por los acantilados y en las rocas de abajo, pero no había rastro de Newman.
Al fin, desesperado, fui a buscar al inspector Badgworth. Su rostro adquirió una expresión grave.
-Tengo la impresión de que ha sido víctima de una mala jugada -dijo-. Hay gente muy poco escrupulosa por esta zona. ¿Ha visto usted a Kelvin, el posadero de Las Tres Ancoras?
Le contesté afirmativamente.
-¿Sabía usted que estuvo cuatro años en la cárcel por asalto y agresión?
-No me sorprende -repliqué.
-La opinión general de los habitantes de este pueblo parece ser que su amigo se entromete demasiado en cosas que no le conciernen. Espero que no haya sufrido ningún daño.
Continuamos la búsqueda con redoblado ánimo y hasta última hora de la tarde no vimos recompensa-dos nuestros esfuerzos. Descubrimos a Newman en su propia finca, dentro de una profunda zanja, con los pies y las manos fuertemente atados con cuerdas y un pañuelo en la boca, a modo de mordaza, para evitar que gritase.


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