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Lingotes de oro (Agatha Christie) - pág.5

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Mi amigo se echó a reír.
«-Tonterías, yo no le hago ningún daño a la gente de aquí.
Yo moví la cabeza pensativo. En Kelvin había algo siniestro y salvaje, y comprendí que su mente podía discurrir por sendas extrañas e insospechadas.
Creo que mi inquietud comenzó a partir de aquel momento. La primera noche había dormido bastante bien, pero la siguiente mi sueño fue intranquilo y entrecortado. El domingo amaneció gris y triste, con el cielo encapotado y la amenaza de los truenos estremeciendo el aire. Me fue difícil disimular mi estado de ánimo y Newman observó el cambio operado en mí.
-¿Qué le ocurre West? Esta mañana está hecho un manojo de nervios.
-No lo sé -dije-, pero tengo un horrible presentimiento.
-Es el tiempo.
-Sí, es posible.
No dije más. Por la tarde salimos en la lancha motora de Newman, pero se puso a llover con tal fuerza que tuvimos que regresar a la playa y ponernos inmediatamente ropa seca.
Aquella noche creció mi ansiedad. En el exterior la tormenta aullaba y rugía. A eso de las diez la tempestad se calmó y Newman miró por la ventana.
-Está aclarando -anunció-. No me extrañaría que dentro de media hora hiciera una noche magnífica. Si es así, saldré a dar un paseo.
Yo bostecé.
-Tengo mucho sueño -dije-. Anoche no dormí mucho y me parece que me acostaré temprano.
Así lo hice. La noche anterior había dormido muy poco y, en cambio, aquella tuve un sueño profundo. No obstante, mi sopor no me proporcionó descanso. Seguía oprimiéndome el terrible presentimiento de un cercano peligro: soñé cosas horribles, espantosos abismos y enormes precipicios entre los cuales me hallaba vagando, sabiendo que el menor tropiezo de uno de mis pies hubiera significado la muerte. Cuando desperté, mi reloj señalaba las ocho. Me dolía mucho la cabeza y seguía bajo la opresión de mis pesadillas.
Tan fuerte era ésta que, cuando me acerqué a mirar por la ventana, retrocedí con un nuevo sentimiento de terror, pues lo primero que vi, o creí ver, fue la figura de un hombre cavando una tumba.
Tardé un par de minutos en rehacerme y entonces comprendí que el sepulturero no era otro que el jardinero de Newman y que «la tumba» estaba destinada a tres nuevos rosales que estaban sobre el césped esperando a ser plantados.
El jardinero alzó la cabeza y al yerme se llevó la mano al sombrero.


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