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Lingotes de oro (Agatha Christie) - pág.4

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Detrás de ella se extendían unos siete u ocho acres de terreno de cultivo.
-Bienvenido a Pol House -dijo Newman-. Y a la enseña del Galeón Dorado -y señaló hacia la puerta principal, de donde pendía una reproducción perfecta de un galeón español con todas sus velas desplegadas.
Mi primera noche allí fue deliciosa e instructiva. Mi anfitrión me mostró viejos manuscritos que hacían referencia al Juan Fernández. Desplegó cartas de navegación ante mí, indicándome posiciones marcadas con líneas de puntos, y me enseñó planos de aparatos de inmersión, los cuales, debo confesar, me satisficieron por completo.
Le hablé del encuentro con el inspector Badgworth, cosa que le interesó sobremanera.
-Hay gentes muy extrañas por esta costa -dijo en tono pensativo-. Llevan en la sangre el contrabando y la destrucción. Cuando un barco se hunde en sus costas no pueden evitar considerarlo un pillaje legal para sus bolsillos. Hay aquí un individuo al que me gustaría que conociera. Es un tipo interesante.
El día siguiente amaneció claro y radiante. Fuimos a Polperran y allí me fue presentado el buzo de Newman, un hombre llamado Higgins. Era un indiv-duo de rostro curtido, extremadamente taciturno y cuyas intervenciones en la conversación se reducían a monosílabos. Después de discutir entre ellos sobre asuntos técnicos, nos dirigimos a Las Tres Ancoras. Una jarra de cerveza contribuyó un poco a desatar la lengua de aquel individuo.
-Ha venido un detective de Londres -gruñó-. Dicen que ese barco que se hundió en noviembre pasado llevaba a bordo gran cantidad de oro. Bueno, no fue el primero en zozobrar y tampoco será el último.
-Cierto, cierto -intervino el posadero de Las Tres Áncoras-. Has dicho una gran verdad, Bill Higgins.
-Vaya silo es, Mr. Kelvin -replicó Higgins.
Miré con cierta curiosidad al posadero. Era un hombre muy peculiar, moreno, de rostro bronceado y anchas espaldas. Sus ojos parecían inyectados en sangre y tenían un modo muy extraño de evitar la mirada de los demás. Sospeché que aquél era el hombre de que me hablara Newman, al que calificó de sujeto interesante.
-No queremos extranjeros entrometidos en estas costas -dijo con tono siniestro.
-¿Se refiere a la policía? -preguntó Newman con una sonrisa.
-A la policía y a otros -replicó Kelvin significativamente-. Y no lo olvide usted, señor.
-¿Sabe usted, Newman, que me ha sonado como una amenaza? -le dije cuando subíamos la colina para dirigirnos a casa


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