Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.151
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¿Tienes dinero, Frankie?
Ella abrió el bolso y sacó un puñado de billetes.
-Dáselos y dile que procure llegar a un acuerdo con sus acreedores y prométele que mi padre le comprará el garaje y lo pondrá a él como gerente.
-Bueno, pero lo importante es marcharnos cuanto antes -contestó Bobby.
-Tengo el presentimiento de que podría ocurrir algo.
-Pues vamos allá en seguida.
-Mira, pon en marcha el coche y, mientras tanto, iré al encuentro de Badger. Está visto que no compraré el cepillo de dientes -añadió la joven.
Chico minutos después salieron a toda velocidad, en dirección a Marchbolt, y aun cuando iban muy de prisa, Frankie se quejó de la lentitud de su marcha. Por consiguiente, aconsejó tomar un avión, puesto que se hallaban a muy corta distancia del aeródromo.
El consejo pareció bueno a Bobby y, volviendo el coche hacia el aeropuerto, llegaron allí, y cinco minutos después estaban ya en el aire, aunque ninguno de ellos se daba cuenta de la razón de tanta prisa. Obedecían simplemente a un impulso inexplicable.
Era ya tarde cuando llegaron a su destino. El avión los dejó en el parque y cinco minutos después los dos jóvenes corrían hacia la vicaría en el «Chrysler» de lord Marchington.
-Bueno, ¿y ahora qué hacemos? -preguntó Bobby al llegar ante la puerta de su casa.
Y ambos quedaron sorprendidos al ver en ella a una figura femenina a la que reconocieron al momento.
-¡Moira! -exclamó Frankie.
-¡Oh, cuánto me alegro de verla! -dijo la joven, que se tambaleaba ligeramente-. No sé qué hacer.
-Pero, ¿con qué objeto ha venido usted aquí?
-Con el mismo que le trae a usted, según creo.
-¿Ha averiguado acaso quién es Evans?
-Sí, he de referirle una larga historia...
Bobby la invitó a entrar, pero la joven se negó, diciendo que prefería hablar en otra parte.
-Bueno -dijo Bobby-, no comprendo la razón, pero... venga -añadió.
Echaron a andar los tres por la calle principal del pueblo donde había el «Café Oriente», cuyo nombre presuntuoso no quedaba respaldado por el aspecto del local. Entraron y pudieron ver que el café estaba casi vacío. Eran las seis y media.
Tomaron asiento a una mesa del rincón y Bobby pidió tres cafés.
La camarera se los sirvió al fin, y cuando estuvieron solos, Moira exclamó:
-Apenas sé cómo empezar. Ocurrió en el tren que iba a Londres. Por pura casualidad avancé por el corredor y -se interrumpió, para añadir-: Sin duda me había seguido.
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