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Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.146

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Anoche estuve tan cerca de la Naturaleza, que no pensé en nada de eso. Me limité a quitarme el traje exterior y caí dormida.
-Lo mismo me ocurrió a mí -respondió Bobby.
Rose Chudleigh, convertida ya en la señora Pratt, vivía en una casita que, al parecer, estaba rebosante de perros de porcelana y de muebles. La señora Pratt tenía un aspecto bovino, ojos de pescado y sin duda sufría de adenitis.
-Ya ve usted que he vuelto -dijo Bobby,
La señora Pratt aspiró el aire y miró a los dos sin ninguna curiosidad.
-Nos interesó muchísimo saber que había vivido usted con la señora Templeton -explicó Frankie.
-Sí, señora.
-Creo que ahora se halla en el extranjero -añadió Frankie, deseosa de dar la impresión de que era íntima de la familia.
-Así me lo han dicho -convino la señora Pratt.
-Estuvo usted con ella algún tiempo, ¿verdad? -preguntó Frankie.
-¿Dónde, señora?
-Con la señora Templeton -repitió la joven con mayor claridad,
-¡Oh, no! Solamente dos meses.
-Pues yo me figuraba que estuvo más tiempo.
-Fue Gladys, la doncella. Estuvo seis meses.
-¿Y eran ustedes las dos únicas que servían en la casa?
-Sí, ella como doncella y yo como cocinera.
-¿Estaba usted allí cuando murió el señor Savage?
-¿Cómo, señora? Frankie repitió la pregunta.
-El señor Templeton no murió. Se marchó al extranjero.
-No hablaba del señor Templeton, sino del señor Savage -observó Bobby.
La señora Pratt los miró con expresión imbécil.
-El caballero que dejó el dinero -dijo Frankie.
En el rostro de la interpelada se pintó algo parecido a la comprensión.
-¡Ah, sí, señora! El caballero por cuya causa se celebró la encuesta.
-Eso es -dijo Frankie, entusiasmada por su éxito-. Él solía ir allí y se quedaba con mucha frecuencia. ¿No es cierto?
-Apenas puedo contestar a eso. Gladys estaba mejor enterada.
-Pero usted fue testigo de su testamento, ¿verdad?
La señora Pratt los miró atontada.
-Usted fue y vio cómo él firmaba el papel. Luego se lo hicieron firmar a usted.
-¡Ah, sí, señora! A mí y al jardinero Albert. Yo nunca había hecho esto, y no me gusta. Ya le dije a Gladys: «No me gusta firmar papeles», pero ella me contestó que no había cuidado, porque estaba allí el señor Elford, que además de ser abogado era un excelente caballero.
-¿Y qué ocurrió? -preguntó Bobby-. ¿Quién la llamó a usted para que firmase?


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