Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.132
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Además, no te han atado estrechamente las manos como a mí. Voy a ver si puedo librarme con los dientes.
Durante los cinco minutos siguientes, Bobby se dedicó a una lucha que hablaba en favor de su dentista:
-Es extraordinario ver cuan fáciles son estas cosas en los libros -dijo jadeando-. Creo que no he conseguido nada en absoluto.
-Sí, ya se afloja la cuerda -dijo Frankie-, pero, cuidado, porque llega alguien.
Ella, rodando por el suelo, se alejó del joven. Podía oír los pasos de alguien que subía la escalera y parecían pertenecer a una persona corpulenta. Por debajo de la puerta se filtró un rayo de luz, se oyó el ruido de una llave que giraba en la cerradura y la puerta se abrió despacio.
-¿Cómo están mis dos pajaritos? -preguntó la voz del doctor Nicholson.
Llevaba una bujía en la mano, y aunque se ocultaba en parte el rostro con el ala del sombrero y tenía el cuello del gabán subido, su voz permitió reconocerlo muy bien. Y centellearon sus ojos detrás de los gruesos cristales. Movió la cabeza de un modo humorístico al mirar.
-Me parece indigno, por parte de usted, mi querida lady, que haya caído tan fácilmente en la trampa -dijo.
Ni Bobby ni Frankie contestaron cosa alguna. La situación era tan difícil, que ninguno sabía qué decir. Nicholson dejó la bujía sobre una silla.
-De todos modos -dijo-, permítanme ver si están cómodos.
Examinó las cuerdas que ataban a Bobby, hizo un gesto de aprobación y luego se acercó a Frankie. Entonces movió la cabeza.
-Durante mi juventud -observó- me dijeron que los dedos eran anteriores a los tenedores y que los dientes se usaron antes que los dedos. Veo que su amigo ha usado los suyos.
En un rincón había una pesada silla de roble con el respaldo roto. Nicholson hizo levantar a Frankie, la depositó en la silla y la ató al mueble con firmeza.
-Supongo que no está usted demasiado incómoda -dijo-. Además, tampoco permanecerá aquí mucho tiempo.
-¿Y qué va a hacer usted con nosotros? -preguntó Frankie.
Nicholson se dirigió a la puerta y tomó la bujía.
-Me reconvino usted, lady Frances, por ser demasiado aficionado a los accidentes. Tal vez sea verdad. Pero, en fin, me atreveré con otro.
-¿Qué quiere usted decir? -preguntó Bobby.
-Bueno, se lo explicaré -replicó el doctor, condescendiente-.
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