Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.130
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Se abrió la puerta de la casa y vio cómo se asomaba la figura de un hombre vestido de chófer. ¡Bobby! Hizo un gesto para llamarla y se retiró al interior, dejando la puerta abierta.
Frankie salió de entre los árboles, se dirigió a la casa y vio que no estaba iluminada ninguna ventana. Todo se hallaba sumido en la oscuridad y el silencio.
Penetró en el vestíbulo oscuro y se detuvo para mirar a su alrededor.
-¡Bobby! -murmuró.
La avisó el olfato. ¿Dónde había percibido aquel olor dulzón y desagradable? En el preciso instante en que su cerebro daba la respuesta: «Cloroformo», unos vigorosos brazos la sujetaron por detrás. Abrió la boca para gritar y se la cubrieron con un pañuelo mojado, aquel olor, dulce y penetrante, inundó su nariz. Su cerebro comenzó a ofuscarse.
Luchó desesperadamente revolviéndose y dando puntapiés, pero fue inútil. Se sintió sucumbir. Oía un ruido como de tambores y notaba que por momentos no podía respirar. Luego no supo nada más...
CAPÍTULO XXVIII
UNA HORA ANTES DE MORIR
Cuando Frankie recobró el sentido, su reacción fue depresiva. No hay nada romántico en los efectos del cloroformo. Se vio tendida en un suelo de madera duro, con las manos y los pies atados. Consiguió rodar sobre sí misma y su cabeza tropezó violentamente con una caja para el carbón. Y entonces ocurrieron varias cosas desagradables. Pocos minutos después, Frankie fue capaz, si no de sentarse, por lo menos de observar a su alrededor. A su lado oyó un débil gemido. Le pareció que se hallaba en un desván. La luz penetraba por una claraboya del tejado y en aquel momento el lugar estaba muy mal iluminado. Diose cuenta de que no tardaría en anochecer. En la pared vio unos cuantos cuadros rotos y por la estancia una cama de hierro estropeada, unas sillas descompuestas y la caja de carbón antes mencionada.
El gemido pareció proceder del rincón. No eran muy estrechas las ligaduras de Frankie, de modo que podía moverse con algunas limitaciones, y así se arrastró por el polvoriento suelo.
-¡Bobby! -exclamó.
En efecto, era él y también estaba atado de pies y manos. Además, llevaba una mordaza que casi había conseguido quitarse. Frankie acudió a socorrerle y aun cuando los dos estaban atados, ella pudo hacer algún uso de sus manos y acabó la tarea con los dientes.
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