Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.129
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-¿Algo interesante en su carta? -preguntó.
Frankie titubeó, diciéndose que tal vez Bobby no había incluido a Roger cuando le recomendó no hablar de aquello a nadie. Pero luego recordó que había subrayado muy bien tales palabras y asimismo recordó su idea monstruosa. En el caso de que aquello fuese cierto, Roger, inocentemente, podría hacerles traición, de modo que no se atrevió a insinuarle sus sospechas.
Se decidió al fin y dijo:
-No, nada de particular.
Pero antes de que transcurrieran veinticuatro horas, había de arrepentirse amargamente de aquella decisión.
Más de una vez durante las siguientes horas lamentó el consejo de Bobby de no hacer uso del automóvil.
Chipping Somerton no estaba muy lejos, a vuelo de pájaro, pero aquel viaje la obligó a cambiar varias veces de tren y a hacer tres largas esperas en las pequeñas estaciones. Y para un temperamento como el de Frankie tal lentitud era insoportable. Sin embargo, se dio cuenta de la cordura del consejo de Bobby. El «Bentley» era un coche muy conocido. Las excusas que dio para dejarlo en Merroway Court apenas eran plausibles, pero no se le ocurrió ninguna mejor.
Oscurecía ya cuando el tren de Frankie se paró en la pequeña estación de Chipping Somerton. A la joven le produjo la impresión de que era ya medianoche, porque el tren, sin duda, había estado recorriendo horas y más horas por los rieles. Empezó a llover y ésta fue una molestia más.
Se abrochó la chaqueta hasta el cuello, leyó, por última vez, la carta de Bobby, a la luz de una lámpara de la estación; se fijó muy bien en las instrucciones y echó a andar.
Aquellas indicaciones eran muy fáciles de seguir. Vio hacia delante las luces de la población y tomó un sendero de la izquierda, que subía por una colina. Al llegar a la cumbre, tomó el camino de la derecha y entonces pudo ver a sus pies el pequeño grupo de casas que constituían el pueblo. Delante, distinguió una línea de pinos. Por último, leyó el nombre de «Tudor Cottage».
Por allí no había nadie, de modo que entró. Pudo distinguir el perfil de la casa, más allá, en un lugar desde el cual podía ver muy bien la vivienda. Luego, con el corazón palpitante, imitó lo mejor que pudo el grito de un búho. Transcurrieron algunos minutos, y en vista de que nada ocurría, volvió a llamar.
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