Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.123
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Dentro del recinto de la Granja todo estaba tranquilo. Recordó sonriente las horribles historias que había leído acerca de las situaciones semejantes, en las que se supone que el traidor tiene un felino amaestrado para que cace a los intrusos, pero el doctor Nicholson parecía contentarse con los cerrojos y las trancas y aún se mostraba bastante descuidado. Bobby tuvo la impresión de que aquella puertecilla no debiera haber estado abierta, pero como todos los traidores, el doctor Nicholson sufría algunos olvidos fatales
«Aquí no hay pitones amaestradas -pensó Bobby-, ni tampoco guepardos o cables electrificados. Ese hombre está anticuado a más no poder.»
Se hacia esas reflexiones para darse ánimos, porque cuando pensaba en Moira sentía oprimírsele el corazón. Creyó verla otra vez ante él asustada y pálida. ¿Dónde estaría ahora? ¿Qué hizo con ella el siniestro doctor? Si por lo menos estuviera viva.
«Con seguridad no ha muerto -se dijo Bobby-. No puedo pensar en otra cosa.»
Reconoció cuidadosamente los alrededores de la casa y pudo ver que estaban alumbradas algunas ventanas de los pisos superiores y una de la planta baja. El joven se acercó a ésta. Vio que tenía las cortinas corridas, pero entre ellas quedaba una estrecha abertura por la cual pudo ver un brazo de hombre, que se movía como si estuviese escribiendo. Y cuando cambió de posición, pudo contemplar su rostro, en el que reconoció al doctor Nicholson.
El doctor, sin sospechar que lo vigilaban, seguía escribiendo y Bobby, fascinado, se decía que aquel criminal se hallaba a cortísima distancia de él. Se fijó bien en sus facciones y pudo ver que eran acentuadas y enérgicas. En cambio, tenía las orejas pequeñas v aplastadas sobre el cráneo. El lóbulo estaba unido a la mejilla y recordó que las orejas de aquel tipo tenían según se aseguraba, un significado especial.
El doctor seguía escribiendo, tranquilo y sin darse prisa. Se interrumpía a veces un instante, para continuar luego. Su pluma avanzaba a través del papel. Y una vez se quitó los lentes, para limpiarlos, y se los puso de nuevo.
Dando un suspiro, Bobby se dijo que aquel hombre iba a pasar largo rato escribiendo. Por lo tanto, había llegado la ocasión de penetrar en la casa.
Se dijo que si lograba entrar por una de las ventanas altas, mientras el doctor seguía escribiendo, podría explorar el edificio a su placer durante las horas de la noche.
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