Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.115
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¿Sería un buque funesto? Su constructor halló una trágica muerte; el señor Savage se suicidó y sir John Milkington se había salvado de la muerte por milagro.»
Frankie dejó el periódico sobre las rodillas, haciendo un esfuerzo para recordar.
Ya por dos veces se había mencionado el nombre de John Savage. Una por parte de Sylvia Bassington-ffrench, cuando hablaba de Alan Carstairs, y la otra por Bobby, mientras repetía la conversación que sostuvo con la señora Rivington.
Aun cuando todo eso era difícil de explicar. Alan Carstairs fue amigo de John Savage, y la señora Rivington tenía una vaga idea de que la presencia del primero en Inglaterra estaba en cierto modo relacionada con la muerte de Savage. Y éste se suicidó, figurándose que tenía un cáncer.
¿Y si Alan Carstairs no hubiera quedado satisfecho con el asunto de la muerte de su amigo? Tal vez se propuso hacer alguna investigación acerca de ella. Y aun cabía en lo posible que las circunstancias que rodearon la muerte de Savage fueran la primera parte del drama en que ella y Bobby tomaban parte.
-Es muy posible -acabó diciéndose la joven.
Reflexionó profundamente, preguntándose cómo podría actuar en vista de aquel nuevo aspecto del asunto. Pero no tenía la menor idea de quiénes fueron los amigos de John Savage.
De repente se le ocurrió una idea: su testamento. En el caso de que hubiese algo sospechoso acerca de su muerte, tal vez su testamento diera alguna indicación. Según sabía Frankie, en Londres existía un lugar en donde mediante el pago de un chelín se podía consultar el testamento de cualquiera, pero no recordaba cuál era la situación, ni cómo se llamaba aquella oficina.
El tren se paró en una estación y la joven vio que era la del Museo Británico. Habían pasado de largo por Oxford Circus, donde deseaba haber cambiado de tren.
Se apeó y, al salir a la calle, se le ocurrió una idea. Cinco minutos después se hallaba en la oficina de los señores Spragge, Spragge, Jenkison & Spragge.
Fue recibida con la mayor deferencia y en el acto llevada a la oficina particular del señor Spragge, que era el socio más antiguo de la firma.
También era muy amable. Tenía una voz rica, pastosa y persuasiva, que sus clientes hallaban muy agradable cuando iban a exponerle algún asunto intrincado. Y se rumoreaba que el señor Spragge aventajaba a otra persona cualquiera en Londres de su conocimiento de secretos deshonrosos de las nobles familias,
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