Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.114
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Y sintiendo simpatía por ella, empezó a registrar el archivo e hizo cuanto pudo, aunque no consiguió encontrar ninguna huella del paradero del señor Cayman.
Frankie se dirigió al despacho de los otros agentes. No perdió tiempo en repetir aquella escena. Simplemente estaban interesados en alquilar de nuevo la casa, y Frankie les pidió un permiso para visitarla.
Aquella vez, y ante la sorpresa que vio retratada en el rostro del empleado, tuvo que explicar que deseaba una casa barata para dedicarla a pensión para muchachas. Desapareció la sorpresa del rostro del empleado, y Frankie salió de la oficina llevando las llaves de la casa que le interesaba y de otras dos que no se proponía visitar.
Se alegró Frankie de que el empleado no se hubiese propuesto acompañarla, pero lo comprendió, diciéndose que no era necesario, puesto que la casa no estaba amueblada.
Al entrar en aquella morada, percibió muy bien el olor característico de las viviendas abandonadas. Era una casa muy poco atractiva, mal decorada y de paredes manchadas y sucias. Frankie la registró de arriba abajo. Sus últimos habitantes no la limpiaron antes de marcharse. Y aunque encontró mucha basura, no pudo hallar, en cambio, nada de naturaleza personal, ni siquiera un sobre roto.
Lo único que pudo encontrar fue una guía de ferrocarriles abierta, en uno de los asientos de las ventanas. Nada especial había en la página, pero, sin embargo, Frankie copió algunos detalles, muy desalentada.
Había fracasado en su empeño de seguir la pista de los Cayman.
Se consoló diciéndose que ya era de esperar. Si el matrimonio Cayman estaba complicado en aquel asunto, tendría muy buen cuidado de que nadie pudiese encontrarlos. Esto, por lo menos, era una prueba de carácter negativo y confirmativo a la vez.
Frankie devolvió muy desilusionada las llaves y prometió, mintiendo que volvería nuevamente a la casa a los pocos días.
Se dirigió al Parque, preguntándose qué podría hacer. Y sus meditaciones fueron interrumpidas por un violento chaparrón. Como no veía ningún taxi, se metió en el subterráneo, que estaba cerca de allí. Tomó un billete para Piccadilly Circus y en el quiosco compró un par de periódicos.
Una vez en el tren, casi vacío a aquella hora, dejó de pensar en sus problemas, abrió el periódico y se dispuso a leer. Acá y acullá encontró una serie de noticias desprovistas de interés: «Número de accidentes callejeros»; «Misteriosa desaparición de un escolar»; «La fiesta de lady Peterhampton en el "Claridge"»; «La convalecencia de sir John Milkington, después del accidente que sufrió su yate Astradora, ya famoso por haber pertenecido al difunto millonario, señor John Savage.
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