Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.110
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Y así me la llevaré en seguida.
-¡Magnífico, Frankie! Me alegro de que no perdamos ya más tiempo, porque me horroriza si ocurriese algún accidente.
Regresó a las nueve y media a Merroway Court. Acababan de servir el desayuno y Roger se servía una taza de café. Estaba desencajado y pálido.
-Buenos días -dijo Frankie-. He pasado una noche muy mala, a las siete me levanté para dar un paseo.
-Lamento muchísimo que a causa de lo sucedido quizá sea vea usted algo abandonada -dijo Roger.
-¿Cómo está Sylvia?
-Anoche le dieron un narcótico y aún está dormida, según creo. Me inspira la pobre una compasión extraordinaria, porque adoraba a Henry.
-Ya lo sé.
Frankie hizo una pausa y luego dio cuenta de sus planes para marcharse.
-Supongo que no hay más remedio -dijo Roger, dolorido-. La encuesta se celebrará el viernes. Ya le comunicaré si es necesaria su presencia. Todo depende del fiscal.
Tomó una taza de café y una tostada, y luego salió para dedicarse a las muchas cosas que exigían su atención. Frankie lo compadeció. Se daba muy buena cuenta de la cantidad de chismes y de curiosidad que originaría aquel suicidio. Entonces apareció Tommy y ella se dedicó a distraerlo.
Bobby llegó con el coche hacia las diez y media. Los criados bajaron el equipaje de Frankie. Ella se despidió de Tommy y dejó unas líneas para Sylvia. El «Bentley» emprendió el camino.
En muy poco tiempo hicieron el trayecto hasta la Granja. Nunca había estado allí Frankie, pero la enorme verja de hierro y los arbustos que había en el jardín, le causaron cierta depresión.
-Este lugar da miedo -observó-. No me extraña que Moira esté asustada.
Se acercaron a la puerta principal, se apeó Bobby y llamó. Tardaron algunos minutos en contestarle, y por último abrió una mujer vestida de enfermera.
-¿La señora Nicholson? -preguntó Bobby.
Ella titubeó, pero luego abrió la puerta. Se apeó Frankie y entró en la casa. La puerta se cerró a su espalda con ominoso ruido. Notó la joven que tenía muy buenas cerraduras y sólidas trancas, y sintió un miedo injustificado, como si acabara de entrar en una prisión. Para tranquilizarse, pensó que Bobby estaba fuera, en el automóvil, que había llegado allí a la vista de todo el mundo, y que no podía ocurrirle nada. Mientras tanto, subía la escalera en pos de la enfermera y siguió andando por un corredor.
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