Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.65
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Un hombre alto se apeaba entonces del asiento del conductor de un «Talbot» de color oscuro. Frankie, pensativa, se alejó de la ventana.
Carstairs era canadiense y el doctor Nicholson también. Además, éste era dueño de un «Talbot» de color azul oscuro.
Era absurdo hacer ninguna deducción de todo eso, pero resultaba curioso e invitaba a meditar sobre el asunto.
El doctor Nicholson era un hombre alto y corpulento, y sus maneras parecían indicar grandes reservas de vigor. Hablaba con lentitud y, en resumen, decía muy poco; pero de un modo u otro, cada una de sus palabras era significativa. Llevaba unas gafas de cristales muy gruesos, detrás de los cuales centelleaban, reflexivos, sus ojos, de color azul pálido.
Su esposa era una mujer esbelta, que tendría quizá veintisiete años, linda y aún tal vez hermosa. A Frankie le dio la impresión de que era muy nerviosa y de que hablaba de un modo febril, como si quisiera ocultar tal defecto.
-Me he informado, lady Frances, de que sufrió usted un accidente--dijo el doctor Nicholson, mientras tomaba asiento a su lado, a la mesa.
Frankie explicó la catástrofe y se preguntó por qué estaría tan nerviosa al hablar de aquello. Las maneras del doctor eran sencillas y le demostraban interés. ¿Por qué tenía ella la sensación de que trataba de defenderse de una acusación que nadie le había hecho? ¿Existiría alguna razón para que el doctor no creyese en su accidente?
-Es lamentable -dijo cuando al fin ella hubo terminado de referir una historia, quizá demasiado detallada-. Pero, al parecer, se ha restablecido rápidamente.
-Nosotros -dijo Sylvia, interviniendo- no queremos darla por curada todavía, y la conservaremos a nuestro lado.
El doctor fijó una mirada en Sylvia. En sus labios apareció algo semejante a una débil sonrisa, que se borró inmediatamente.
-Por mi parte, la tendría al lado de usted lo más posible -dijo en tono grave.
Frankie estaba sentada entre la dueña de la casa y el doctor Nicholson. Henry Bassington-ffrench se mostraba malhumorado aquella noche. Le temblaban las manos, apenas comía y tampoco tomó parte en la conversación. La señora Nicholson, que estaba enfrente, pasó un mal rato con él, y, manifestando él mayor alivio, se volvió a Roger. Le hablaba distraída y sus ojos apenas abandonaban el rostro de su marido. Éste hablaba entonces de la vida en el campo.
-¿Conoce usted cómo se llevan a cabo los cultivos microbianos, lady Frances? -preguntó el doctor.
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