Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.56
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-¿A Henry? -repuso la señora Bassington-ffrench, frunciendo los labios de un modo raro- No, a Henry no le importará. En realidad, ahora no le importa nada.
Frankie la miró con curiosidad.
«Si me conociese mejor, ahora me diría algo -pensó-. Me parece que en esta casa ocurren cosas muy raras...»
Henry Bassington-ffrench se reunió con las dos señoras para tomar el té, y Frankie lo observó atentamente. En aquel hombre se advertía algo raro. Su tipo parecía el de un caballero rural, sencillo y sin repliegues, jovial y amigo de los deportes. Pero un hombre así no debería sentirse nervioso e inquieto, ni tampoco abstraerse de tal modo que casi era imposible devolverlo a la realidad, y menos debería dar respuestas sarcásticas y amargas a lo que se dijera. Pero no siempre se conducía así. Por la noche, a la hora de cenar, se mostró de un modo muy distinto, porque bromeó, se rió, refirió algunas historias y, para un nombre de sus condiciones, se condujo de un modo brillante, demasiado tal vez, según creyó Frankie, porque aquel nuevo aspecto tampoco era natural.
«Tiene unos ojos muy raros -pensó-, que me dan un poco de miedo.»
Y, sin embargo, ella no sospechaba nada de Henry Bassington-ffrench. Fue su hermano, y no él, quien estuvo en Marchbolt aquel día fatal.
En cuanto al hermano, Frankie esperaba, muy interesada, su aparición. Según ella y Bobby, aquel hombre era un asesino, de modo que esperaba la oportunidad de verse frente a frente con un criminal.
Se sintió momentáneamente nerviosa. Sin embargo, ¿qué podía adivinar él? ¿De qué manera podía relacionar la presencia de la joven con un crimen perpetrado con el mayor éxito?
«Estoy haciendo montañas de granos de arena», se dijo.
A la tarde siguiente, y antes de la hora del té, llegó Roger Bassington-ffrench. Frankie no lo vio hasta la hora del té, porque aún tenía la obligación de pasar la tarde entregada al «descanso».
Al salir al césped, donde se había servido el té, Sylvia dijo, sonriendo:
-Aquí está nuestra inválida. Le presento a mi cuñado... lady Frances Derwent.
Frankie vio a un joven alto y esbelto, de poco más de treinta años y de ojos muy agradables. Aunque comprendía muy bien el significado de las palabras de Bobby cuando dijo que aquel hombre debería llevar monóculo y un bigotito, ella se fijó aún más en el color azul intenso de sus ojos.
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