Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.27
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Un buen paseo por la comarca. Dieciocho kilómetros más o menos, eso era lo que debía hacer un muchacho sano y fuerte. Y eso llevaba de un modo inevitable a la famosa observación: «Me parece que ahora me he ganado ya la comida».
«Es idiota -pensó Bobby-. ¿Por qué ganarse la comida con un largo paseo innecesario? ¿Qué mérito hay en él? Si resulta agradable, se pasea por gusto, pero, en caso contrario, el que hace ese recorrido demuestra ser un estúpido.»
Luego se arrojó sobre la merienda, que no había ganado, y se la comió con el mayor gusto. Dando un suspiro de satisfacción, destapó la botella de cerveza. Era muy amarga, como nunca la había probado, pero le pareció refrescante...
Volvió a tenderse, después de haber arrojado la botella vacía a un brezal.
Estaba tendido muy a gusto. El mundo se hallaba a sus pies. Era una frase, pero muy buena. En caso de intentarlo, podría hacer lo que quisiera. Y cruzaron su mente varios planes atrevidos, que le prometían extraordinario esplendor.
Luego volvió a sentir sueño y el letargo se apoderó de él.
Durmió.
Un sueño pesado, como de plomo...
CAPÍTULO VII
SALVADO POR MILAGRO
Mientras guiaba su coche «Bentley», verde y muy grande, Frankie se aproximó a la acera ante una casa de antiguo estilo, sobre cuya puerta se veía la inscripción de: «Saint Asaph´s».
Se apeó y, volviéndose, sacó un gran ramo de lilas. Luego llamó a la puerta. Apareció una mujer vestida de enfermera.
-¿Podría ver al señor Jones? -preguntó Frankie.
Los ojos de la enfermera se fijaron en el «Bentley», en las lilas y en Frankie, a la que dedicó el mayor interés.
-¿Qué nombre debo anunciar?
-Lady Frances Derwent.
La enfermera sintió cierta emoción, y al mismo tiempo, su enfermo le pareció más respetable. Guió a Frankie, escaleras arriba, hasta una modesta y muy limpia habitación del primer piso.
-Tiene usted visita, señor Jones. ¿A que no adivina usted quién es? Una sorpresa agradable.
Pronunció estas palabras en el tono «alegre» que suelen emplear todas las enfermeras.
-¡Hola, Bobby! Te he traído las flores de costumbre. Recuerdan un poco al cementerio, pero la elección no era posible.
-¡Oh, Lady Frances! -dijo la enfermera-. Son muy bonitas. Voy a ponerlas en agua.
Y salió de la estancia.
Frankie tomó asiento en la silla destinada a las visitas. Luego dijo:
-Bueno, Bobby, ¿qué ha sido eso?
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