Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.20
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-Porque estás ciego -dijo Frankie-. El fotógrafo hizo todo lo que le permitía a su arte, pero el resultado no fue muy agradable.
-No estoy de acuerdo contigo -contestó Bobby-. Además, ¿dónde viste ese retrato?
-En el periódico local, Evening Echo.
-Sin duda lo reprodujeron muy mal.
-Creo que estás chiflado -le dijo Frankie, enojada-. Por una bruja pintada..., ¡sí, he dicho bruja...!, como esa Cayman...
-Me sorprende mucho oírte, Frankie -repuso el muchacho-. Y más aún que hables de ese modo, casi a la puerta de la vicaría. Éste es un terreno que podría llamarse sagrado.
-Pues tú no debieras haber sido tan ridículo.
Hubo una pausa, y casi en seguida, Frankie se calmó.
-Lo ridículo -añadió- es disputar acerca de esa maldita mujer. He venido a invitarte a una partida de golf ¿Qué te parece?
-De acuerdo -contestó Bobby muy contento.
Salieron juntos, hablando cordialmente y refiriéndose a los diversos incidentes del juego.
Olvidaron por completo la reciente tragedia, hasta que de pronto Bobby profirió una exclamación.
-¿Qué pasa?
-Nada. Que acabo de recordar una cosa.
-¿Qué?
-Pues que esa gente, me refiero a los Cayman, vinieron con objeto de averiguar si aquel pobre hombre dijo algo antes de morir, y yo les he contestado negativamente; nada, les dije.
-¿Qué más?
-Y ahora recuerdo que, en efecto, dijo algo.
-Observo que no estás en una de tus más brillantes mañanas.
-Has de tener en cuenta que las palabras pronunciadas por ese hombre no hicieron ninguna referencia con lo que ellos deseaban oír. Probablemente no las recordé por esa causa.
-¿Y qué dijo? -preguntó Frankie curiosa.
-Pues: «¿Por qué no le preguntan a Evans?»
-Es una frase curiosa. ¿Nada más?
-No. Se limitó a abrir los ojos, pronunció estas palabras cuando nadie podía sospechar que iba a decir algo, y luego el pobre hombre se murió.
-Bueno -dijo Frankie, después de breve reflexión-. Creo que no hay necesidad de que te preocupes. Eso no tiene ninguna importancia.
-¡Claro está que no! Sin embargo, quisiera haberlo mencionado. Ten en cuenta que, según les dije, el pobre hombre no había pronunciado una sola palabra antes de morir.
-En resumen, viene a ser lo mismo -dijo Frankie-. Eso más o menos es como si yo te dijera: «Dile a Gladys que siempre la he querido», lo cual no tendría ninguna importancia. Pero si, en cambio, exclamara: «El testamento se encuentra en el buró de nogal», la cosa variaría en extremo.
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