Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.18
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-No, señora... Bueno, en realidad, nada -contestó Bobby, casi en son de disculpa.
-Así es mejor -dijo solamente el señor Cayman-. Morir sin conocimiento y sin dolor... En realidad, es una bendición del cielo, Amelia.
-Lo comprendo -contestó su esposa-. ¿Y cree usted que el pobrecito no sufría?
-Estoy seguro de que no -dijo Bobby, en tanto que la señora Cayman daba un profundo suspiro.
-Bueno, por lo menos eso le hemos de agradecer a Dios -dijo-, Tuve la esperanza de que hubiese querido confiarle a usted algún mensaje, pero comprendo que es mejor así. ¡Pobre Alex! ¡Un hombre tan bueno y tan amigo de vivir al aire libre...!
-Sí, ya lo noté -contestó Bobby, recordando el tono bronceado y los azules ojos del muerto.
Alex Pritchard tenía una personalidad atractiva, aun tan cerca de la muerte como estaba. Y parecía raro que fuese hermano de la señora Cayman y cuñado del señor Cayman. Bobby se dijo que sin duda merecía algo mejor.
-Bien. Le damos muchísimas gracias -exclamó la señora Cayman.
-¡Oh, no vale le pena! -contestó Bobby-. Bueno... yo no podía hacer otra cosa... Quiero decir... -tartamudeó, sin saber qué contestar.
-No lo olvidaremos -aseguró el señor Cayman. Y Bobby tuvo que sufrir una vez más aquel enérgico apretón de manos.
En cambio, la señora Cayman le entregó la suya, lisa y floja. El padre del joven se despidió a su vez y Bobby acompañó a los visitantes hasta la puerta principal.
-Y usted, ¿a qué se dedica, joven? -preguntó Cayman-. ¿Está en casa por vacaciones o algo por el estilo?
-No, señor. Empleo casi todo mi tiempo en busca de trabajo -contestó Bobby. Hizo una pausa y añadió-: Antes estuve en la Marina.
-Estamos viviendo en un tiempo muy difícil -contestó el señor Cayman, moviendo la cabeza-. Bien, le deseo mucha suerte.
-Muchas gracias -contestó Bobby cortésmente. Observó cómo se alejaban por la avenida cubierta de malas hierbas, y mientras estaba allí, en pie, se quedó pensativo. Por su mente cruzaron varias ideas caóticas, reflexiones confusas. La fotografía... Aquel rostro de muchacha de bellos ojos y cabello suave, que le enmarcaba el rostro... Y diez o quince años después, la señora Cayman iba maquillada a más no poder, llevaba las cejas depiladas; los ojos, antes tan bellos, hundidos en la carne hasta adquirir el aspecto de ojos de cerdo, y además su cabello estaba teñido con un tono que resultaba violento.
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