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Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.17

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El fiscal manifestó su aprobación.
Había terminado la encuesta.


CAPÍTULO V
EL SEÑOR Y LA SEÑORA CAYMAN


A su regreso a la vicaría, cosa de media hora más tarde, Bobby pudo darse cuenta de que su relación con la muerte de Alex Pritchard no había terminado aún. Le informaron de que el señor y la señora Cayman habían llegado allí para visitarle y que en aquel momento se hallaban en el estudio de su padre.
Bobby se dirigió allá y encontró, efectivamente, a su padre, que, con la mayor gravedad, sostenía una conversación del tono apropiado al caso y sin que al parecer eso le resultara muy divertido.
-¡Ah! -exclamó manifestando algún alivio-. Aquí está Bobby.
El señor Cayman se puso en pie y se dirigió al joven con la mano extendida. Era un hombre alto, de aspecto lozano y de maneras cordiales, aun cuando su mirada huidiza y fría contradecía la primera impresión.
En cuanto a la señora Cayman, si bien podía ser considerada atractiva, de un modo algo basto, nada o casi nada se parecía ya a aquel retrato de sí misma, y ni siquiera conservaba la triste expresión tan notable en el retrato. Y Bobby se dijo si ella no hubiese reconocido su propia fotografía, tal vez nadie la habría identificado.
-He venido con mi esposa -dijo el señor Cayman, estrechando la mano de Bobby, casi de un modo doloroso-. No he tenido más remedio que sostenerla, en este trance, como se comprende. Amelia está trastornada.
La señora Cayman dio un suspiro.
-Hemos venido a verlo a usted -añadió el señor Cayman- porque el pobre hermano de mi mujer murió, realmente, en sus brazos, y, como es natural, ella desea saber todo lo que usted pueda decirle acerca de los últimos momentos de su vida.
-¡Oh, se comprende! -exclamó Bobby, sin saber qué contestar-. Es muy natural.
Sonrió nervioso y notó el suspiro de su padre, con el cual quería expresar su resignación cristiana.
-¡Pobre Alex! -exclamó la señora Cayman, secándose los ojos-. ¡Pobre Alex!
-Sí, es espantoso -dijo Bobby-. Muy doloroso.
Y se volvió, inquieto, sobre la silla.
-Ya comprenderá usted -añadió la señora Cayman, mirando a Bobby, esperanzada-, que si pronunció algunas palabras o le transmitió algún mensaje..., yo deseo conocerlo.
-¡Oh, desde luego! -dijo Bobby-. Pero lo cierto es que no dijo nada.
-¿Nada en absoluto? -preguntó la señora Cayman, incrédula y como si sufriera un gran desengaño.


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