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Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.16

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Me llevó a almorzar y a varios teatros de Londres, y hasta me hizo uno o dos regalos. Creo, por consiguiente, que no iba escaso de dinero, y además, lo vi tan alegre y contento que, sin duda alguna, no tenía la menor preocupación.
-¿Y qué profesión era la de su hermano, señora Cayman?
La interrogada oyó aquella pregunta con cierto embarazo.
-En realidad, no lo sé exactamente. Él solía referirse a este particular diciendo que andaba buscando minas. Lo cierto es que pasaba muy pocas temporadas en Inglaterra.
-¿Y no conoce usted ninguna razón que pudiera inducirle a quitarse la vida?
-¡Oh, no! No podría creer que hubiera sido capaz de tal cosa. Sin duda, ha ocurrido un accidente.
-¿Y cómo explica usted el hecho de que su hermano no llevaba equipaje consigo, ni siquiera una mala mochila donde poner lo más indispensable?
-No le gustaba ir cargado. Solía valerse del correo y expedía por su medio un paquete, cada dos días. El anterior a su salida, expidió un paquete, con todo cuanto necesitaba para dormir, sin olvidar un par de calcetines, pero esta vez lo expidió a Derbyshire y no a Denbygshire, de modo que llegó hoy.
-¡Ah! Esto pone en claro un detalle muy curioso.
La señora Cayman continuó explicando cómo los fotógrafos que le hicieron el retrato que llevaba su hermano, se pusieron en comunicación con ella. Acompañada por su marido, se dirigió inmediatamente a Marchbolt y, en el acto, reconoció el cadáver de su hermano.
Y al pronunciar las últimas palabras aspiró profundamente el aire y se echó a llorar.
El fiscal le dirigió algunas frases de consuelo y la despidió. Luego se volvió al jurado, cuya misión consistía en pronunciarse acerca de cómo aquel hombre halló la muerte. Por fortuna, el asunto parecía muy sencillo. No había la menor indicación de que el señor Pritchard estuviera preocupado o deprimido, o algo en su estado mental que lo indujese a suicidarse. Por el contrario, gozaba de buena salud, estaba animoso y esperaba divertirse mucho con su excursión. Mas, por desgracia, pasó por aquel peligroso sendero, al borde del acantilado, en el momento en que se levantaba la niebla del mar. Y es posible que muriera por esta causa. Así el jurado llegó a una pronta decisión y manifestó su opinión de que debía hacerse algo para eliminar aquel peligro.
«Creemos que el difunto encontró la muerte por desgracia y deseamos añadir que, en nuestra opinión, el Ayuntamiento debe hacer inmediatamente lo necesario para que se proteja aquel lugar peligroso con una valla o parapeto, a fin de evitar nuevos accidentes.


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