Trayectoria de Boomerang (Agatha Christie) - pág.5
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Con timidez, Bobby metió la mano en el bolsillo del muerto, sacó un pañuelo de seda y, reverentemente, lo tendió sobre su rostro. No podía hacer nada más.
Observó entonces que al sacar el pañuelo salió algo más del bolsillo. Era una fotografía y, antes de meterla de nuevo en su lugar, contempló el rostro.
Era él de una mujer sumamente atractiva. Tenía los ojos muy separados entre sí y, al parecer, era sumamente joven; sin duda tenía menos de treinta años. Pero la calidad de su belleza, más que ésta misma, impresionó la imaginación del muchacho, quien se dijo que no sería fácil olvidar aquel rostro.
Con suavidad y reverencia, volvió a dejar el retrato en el bolsillo y luego volvió a sentarse, en espera del regreso del doctor.
Pasaba el tiempo muy despacio o, por lo menos, así le pareció. También había recordado algo. Prometió a su padre ir a tocar el órgano en el servicio de las seis de la tarde y sólo faltaban diez minutos para aquella hora. Como es natural, su padre se haría cargo de lo ocurrido, mas a pesar de todo, lamentó no haber mandado un mensaje por medio del doctor. El reverendo Thomas Jones era hombre de temperamento muy nervioso. Pour excellence era una polvorilla, y cuando se dejaba llevar por su modo de ser, paralizábase su aparato digestivo y sufría dolores muy intensos. Bobby consideraba que su padre hacía tonterías indignas de él, pero, sin embargo, le quería muchísimo. Por su parte, el reverendo Thomas creía que su cuarto hijo era tonto perdido, y con menos tolerancia que Bobby, se esforzaba en mejorar al joven.
«¡El pobre viejo...! -pensó Bobby-. Sin duda ahora se pasea impaciente de un lado a otro. Y no se decidirá acerca de si empieza o no el servicio. Continuará atormentándose hasta que le duela el estómago y luego no podrá cenar. No tendrá el sentido común necesario para comprender que si yo fallo a lo prometido, es porque no tengo más remedio. Pero, en fin, ¿qué importa todo eso? Él no verá las cosas como yo. Nadie tiene sentido común después de cumplir los cincuenta años y se preocupa innecesariamente por cosas que carecen de importancia. Supongo que todos han sido muy mal educados y ahora no pueden remediarlo. Y el pobre papá tiene menos sentido común que una gallina.»
Permaneció allí sentado y pensando en su padre, a la vez con afecto y exasperación.
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