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Testigo de cargo (Agatha Christie) - pág.13

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Al fin quedó silenciosa mientras abría y cerraba los puños con gesto nervioso.
-Basta -dijo el abogado con dureza-. He venido aquí porque tengo motivos para creer que usted puede darme cierta información que ayudará a mi cliente, Leonardo Volé. ¿No es así?
Sus ojos le miraron escrutadores.
-¿Y qué hay del dinero, querido? -susurró-. Acuérdese de las doscientas libras.
-Es su deber ayudar a la justicia y pueden obligarla.
-Eso no, querido. Soy una vieja y no sé nada, pero déme las doscientas libras y tal vez pueda darle una o dos pistas. ¿Qué le parece?
-¿Qué clase de pistas?
-¿Qué le parece una carta? Una carta de ella. No importa cómo la conseguí. Eso es cosa mía. Ya se la daré, pero quiero mis doscientas libras.
El señor Mayherne mirándola fríamente tomó una determinación.
-Le daré diez libras nada más. Y sólo si esa carta es lo que usted dice.
-¿Diez libras? -gritó encolerizada.
-Veinte -replicó el abogado-. Y ésta es mi última palabra.
Y se levantó como si fuera a marcharse; luego, sin dejar de mirarla, sacó su billetero y fue contando hasta veinte libras.
-Vea -dijo-. Es todo lo que llevo encima. Puede tomarlo o dejarlo.
Pero ya sabía que la vista del dinero sería demasiada tentación. Estuvo maldiciendo pero al fin asintió. Luego, yendo hasta la cama, extrajo algo de entre los colchones.
-¡Aquí tiene, maldita sea! -gruñó-. La que usted quiere es la de encima.
Lo que le entregaba era un paquete de cartas que el señor Mayherne desató repasándolas con su aire frío y metódico. La mujer, mirándole ansiosamente, no pudo adivinar nada, dado su rostro impasible.
Fue leyendo todas las cartas, y luego volviendo a coger la primera, la leyó por segunda vez. Después ató de nuevo el paquete con todo cuidado.
Eran cartas de amor escritas por Romaine Heilger, y el hombre a quien iban dirigidas no era Leonardo Volé. La de encima estaba fechada el día antes de que este último fuera detenido.
-¿Ve cómo le dije la verdad, querido? -jadeó la mujer-. Esa carta la descubre, ¿no es cierto?
El señor Mayherne guardó las cartas en su bolsillo antes de hacer la siguiente pregunta:
-¿Cómo consiguió usted apoderarse de esta correspondencia?
-Eso es cosa mía -dijo mirándole de soslayo-. Pero sé algo más. En el juzgado oí lo que dijo esa tunanta. Averigüé dónde estuvo a las diez y veinte, cuando según dice ella, estaba en casa.


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