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Testigo de cargo (Agatha Christie) - pág.12

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Le costará doscientas libras. Pregunte por la señora Mogson.
El abogado leyó y releyó la extraña epístola. Claro que podía ser un engaño, pero cuanto más se lo pensaba más se convencía de su autenticidad, así como de que era la única esperanza del detenido. El testimonio de Romaine Heilger le había condenado por completo, y la línea de defensa que se proponía seguir..., hacer resaltar que el testimonio de una mujer que había confesado llevar una vida inmoral no era digno de crédito... era bastante floja.
El señor Mayherne tomó una conclusión. Era su deber salvar a su cliente a toda costa. Tenía que ir a Shaw´s Rents.
Tuvo alguna dificultad en encontrar el sitio, un edificio destartalado en una barriada maloliente, mas al fin lo consiguió y al preguntar por la señora Mogson le enviaron a una habitación del tercer piso. Llamó a la puerta, y no obteniendo respuesta, repitió la llamada.
Esta vez oyó ruido en el interior y al fin se abrió la puerta cautelosamente, apenas unos centímetros por donde atisbo una figura encorvada.
De pronto la mujer, porque era una mujer, lanzando una risita, franqueóle la entrada.
-De modo que es usted -dijo con voz cansada-. ¿Viene solo? ¿No intentará ningún truco? Así está bien. Puede pasar, puede pasar.
Con cierta repugnancia el abogado traspuso el umbral, penetrando en una habitación sucia y reducida, iluminada por un mechero de gas. En un rincón veíanse la cama sin hacer, una mesa sencilla y dos sillas desvencijadas; y por primera vez el señor Mayherne pudo contemplar a la inquilina de aquel hediondo departamento. Era una mujer de mediana edad, encorvada, con cabellos grises y alborotados que ocultaba su rostro con una bufanda. Al ver que la observaba rompió a reír con aquella risa extraña y peculiar.
-Se preguntará usted por qué escondo mi belleza,, ¿verdad? Je, je, je. Teme que pueda tentarle, ¿eh? Pero ya verá, ya verá.
Y al quitarse la bufanda, el abogado retrocedió involuntariamente ante aquella masa de carne enrojecida y casi informe. La mujer volvió a cubrirse el rostro.
-¿De manera que no quiere besarme, querido? Je, je, no me extraña. Y sin embargo fui bonita... y de eso no hace tanto tiempo como usted se imagina. El vitriolo, querido, el vitriolo... me hizo esto. ¡Ah!, pero cuando haya terminado con ellos...
Lanzó un torrente de obscenidades que el señor Mayherne trató en vano de contener.


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