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Testigo de cargo (Agatha Christie) - pág.9

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Sin embargo, regresó a los pocos minutos, hablándole con nuevo respeto.
-Pase, por favor.
Le introdujo en un diminuto saloncito, y cuando el abogado estaba examinando un grabado de la pared, volvióse sobresaltado encontrándose ante una mujer alta y pálida que había entrado sin hacer ruido.
-¿El señor Mayherne? Es usted el abogado de mi esposo, ¿verdad? ¿Viene usted a verme? ¿Quiere hacer el favor de sentarse?
Hasta oírla hablar no se dio cuenta de que no era inglesa. Ahora, observándola más de cerca, reparó en sus pómulos salientes, el negro intenso de sus cabellos, y el movimiento de sus manos que era netamente extranjero. Una mujer extraña... y muy reposada..., tanto que ponía nervioso a cualquiera, y desde el primer momento, el señor Mayherne tuvo el convencimiento de hallarse ante algo que no entendía.
-Ahora, mi querida señora Volé -empezó Mayherne-, no debe usted desanimarse...
Se detuvo. Era del todo evidente que Romaine Volé no tenía la más ligera sombra de desaliento. Conservaba la calma sin inmutarse.
-¿Quiere contármelo todo? -le dijo-. Debo saberlo, y no intente ocultarme nada. Quiero saber lo peor.
El señor Mayherne le refirió su entrevista con Leonardo Volé mientras ella le escuchaba atentamente asintiendo de vez en cuando.
-Ya comprendo -dijo cuando el abogado hubo concluido-. ¿Quiere que yo diga que aquella noche vino a las nueve y veinte?
-¿Es que no llegó a esa hora? -preguntó el señor Mayherne extrañado.
-Eso no importa ahora -replicó en tono frío. ¿Es que si yo dijera eso conseguiría su libertad? ¿Me creerían?
El señor Mayherne estaba sorprendido. Aquella mujer había ido directamente al fondo de la cuestión.
-Eso es lo que deseo saber -insistió ella-. ¿Sería bastante? ¿Hay alguien más que pueda apoyar mi declaración?
Había tal ansiedad en su actitud que se sintió intranquilo.
-Hasta ahora no hay nadie más -dijo de mala gana.
-Ya -exclamó Romaine Volé, quedando inmóvil unos instantes y sonriendo ligeramente.
El abogado sintió aumentado su recelo.
-Señora Volé -empezó a decir-. Comprendo lo que usted debe sentir...
-¿Sí? -replicó-. ¿Está seguro?
-Dadas las circunstancias...
-Dadas las circunstancias... voy a jugar mis triunfos.
El abogado la contempló con desaliento.
-Pero mi querida señora Volé..., está usted sobreexcitada. Estando tan enamorada de su marido...
-¿Cómo dice?
La dureza de su voz le sobresaltó, y se dispuso a repetir con menos seguridad.
-Estando tan enamorada de su marido...
Romaine Volé sonrió lentamente con la misma extraña sonrisa en los labios.


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