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Testigo de cargo (Agatha Christie)

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TESTIGO DE CARGO
Agatha Christie


El señor Mayherne se ajustó los lentes de pinza, mientras aclaraba su garganta con su tosecilla seca tan característica en él. Luego volvióse a mirar de nuevo al hombre que tenía ante sí, un hombre acusado de homicidio voluntario.
El señor Mayherne era un hombrecillo menudo, de ademanes precisos, pulcro, por no decir afectado, en su modo de vestir, y con unos ojos grises de mirada astuta. No tenía un pelo de tonto; muy al contrario, era un abogado de gran prestigio. Su voz, cuando se dirigió a su cliente, fue seca, pero no antipática.
-Debo insistir y repetirle que se encuentra en grave peligro, por ello es necesaria la mayor franqueza.
Leonardo Volé, que había estado mirando sin ver la pared que tenía frente a él, volvió sus ojos al abogado.
-Lo sé -dijo con desaliento-. Usted no cesa de decírmelo. Pero todavía no puedo comprender que se me acuse de un crimen... un crimen. Y además un crimen tan cobarde.
El señor Mayherne era un hombre práctico y poco impresionable. Volviendo a carraspear los colocó de nuevo sobre el puente de su nariz.
-Sí, sí, sí -dijo al fin-. Ahora, mi querido señor Volé, vamos a realizar un esfuerzo para salvarle... y lo conseguiremos... lo conseguiremos. Pero debo conocer todos los hechos. Tengo que saber hasta qué punto se halla usted comprometido. Entonces podremos determinar la mejor línea de defensa.
El joven continuó mirándole con expresión de desaliento. Al señor Mayherne le había parecido el caso bastante negro, y segura la culpabilidad del detenido; ahora, por primera vez, dudaba.
-Usted me cree culpable -dijo Leonardo Volé en voz baja. ¡Pero por Dios le juro que no lo soy! Comprendo que todo está en contra mía. Soy como un hombre aprisionado en una red... cuyas mallas me van rodeando más y más, me vuelva hacia donde me vuelva. ¡Pero no fui yo, señor Mayherne, no fui yo!
En semejante posición un hombre ha de gritar su inocencia. Eso lo sabía el señor Mayherne. Sin embargo, a pesar suyo, estaba impresionado. Después de todo, ¿y si Leonardo Volé fuese inocente?
-Tiene usted razón, señor Volé -le dijo en tono grave-. Este caso se presenta muy negro para usted. Sin embargo, acepto sus protestas de inocencia. Ahora, pasemos a los hechos. Quiero que me diga exactamente, y a su modo, cómo conoció a la señorita Emilia French.


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