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S.O.S. (Agatha Christie) - pág.12

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Déjelo en mis manos.
Ella, obediente, emprendió el camino de regreso. Mortimer continuó andando un poco más, y luego se tumbó sobre la verde hierba y cerrando los ojos procuró no pensar en nada, para dejar que una serie de imágenes fueran subiendo a la superficie de su memoria.
¡Johnnie! Siempre volvía a pensar en Johnnie. Johnnie completamente inocente, y ajeno a las sospechas e intrigas, pero, sin embargo, el eje en torno al cual giraba todo. Recordó que la señora Dinsmead había dejado caer su taza aquella mañana durante el desayuno. ¿Qué fue lo que originó su agitación? ¿Un comentario casual que hizo él acerca de la afición del muchacho por la química? En aquel momento no había reparado en el señor Dinsmead, pero ahora recordaba que detuvo en el aire la taza que iba a llevarse a los labios.
Aquello le llevó de nuevo a Carlota cuando la vio por primera vez mirándole por encima de su taza de té. Y rápidamente a este pensamiento le sucedió otro: el recuerdo del Señor Dinsmead vaciando todas las tazas, una tras otra, y diciendo: «El té está frío».
Recordaba las tazas humeantes. Sin duda el té no estaría tan frío como él pretendía.
Algo empezó a bullir en su cerebro. Una noticia que leyera en los periódicos no hacía mucho..., todo lo más un mes. Una familia entera envenenada por el descuido de un muchacho. Un paquete de arsénico olvidado en la despensa, cuyo contenido había ido cayendo sobre el pan que estaba debajo. Probablemente el señor Dinsmead también lo habría leído.
Las cosas se fueron aclarando.
Y media hora más tarde, Mortimer Cleveland se puso en pie rápidamente.
Se hizo de noche una vez más en la casita. Esta vez los huevos eran escalfados y se abrió una lata de carne mollar. La señora Dinsmead salía de la cocina portando la enorme tetera, mientras la familia ocupaba sus sitios correspondientes alrededor de la mesa.
La madre fue llenando las tazas y repartiéndolas. Luego, al dejar la tetera sobre la mesa, lanzó un grito ahogado y se llevó la mano al corazón. El señor Dinsmead giró en redondo siguiendo la dirección de sus ojos aterrorizados. Mortimer Cleveland estaba en pie en la entrada, y se adelantó.
-Temo haberles asustado -dijo-. Tuve que volver por algo.
-¿Por algo? -exclamó el señor Dinsmead con el rostro amoratado y las venas a punto de estallar-.


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