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S.O.S. (Agatha Christie) - pág.5

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-Usted se queda con nosotros, señor Cleveland. No hay otra casa en varios kilómetros. Podemos darle habitación, y aunque mis pijamas son algo anchos, vaya, siempre serán mejor que nada, y sus ropas estarán ya secas por la mañana.
-Es usted muy amable.
-Nada de eso --replicó el otro alegremente-. Como acabo de decirle, hace una nochecita de perros para andar por ahí. Magdalena, Carlota, id a preparar la habitación.
Las dos jóvenes salieron de la estancia y al poco rato Mortimer las oyó andar por arriba.
-Comprendo perfectamente que dos jovencitas tan atractivas como sus hijas se aburran aquí -dijo Cleveland.
-¿Bonitas, verdad? -repuso el señor Dinsmead con orgullo paternal-. Pero muy distintas de nosotros. Mi esposa y yo somos muy caseros y estamos muy unidos, se lo aseguro, señor Cleveland. ¿No es cierto, Maggie?
La señora Dinsmead sonrió y las agujas tintineaban afanosamente. Tejía muy de prisa.
Al fin la habitación estuvo preparada, y Mortimer, tras dar las gracias una vez más, anunció el deseo de retirarse a descansar.
-¿Habéis puesto una botella de agua caliente en la cama? -preguntó de pronto la señora Dinsmead acordándose de sus deberes de ama de casa.
-Sí, mamá, dos.
-Muy bien -replicó Dinsmead-. Subid con él, hijas mías, y ved que no falte nada.
Magdalena le precedió con un candelabro en alto para iluminar una escalera, y Carlota subió tras él.
El dormitorio era reducido, pero agradable, con el techo inclinado. La cama parecía cómoda y los pocos muebles un tanto polvorientos que la adornaban eran de caoba antigua. Sobre el lavabo había una gran jarra de agua caliente, y sobre una silla un pijama de enormes proporciones. La cama había sido abierta.
Magdalena fue hasta la ventana para asegurarse de que los postigos estaban cerrados. Carlota dirigió una ojeada final a los utensilios del lavabo y ambas se retiraron hacia la puerta.
-Buenas noches, señor Cleveland. ¿Está seguro de que no le falta nada?
-No, gracias, señorita Magdalena. Siento ocasionarles tantas molestias. Buenas noches.
Y salieron, cerrando la puerta tras ellas. Mortimer Cleveland quedó a solas y empezó a desnudarse con aire pensativo. Cuando se hubo puesto el enorme pijama del señor Dinsmead recogió sus ropas húmedas y las dejó fuera de la habitación, como le aconsejara su anfitrión, cuya voz se oía desde abajo.
¡Qué charlatán era aquel hombre! Era un tipo raro... y desde luego había oído algo extraño en aquella familia.


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