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S.O.S. (Agatha Christie) - pág.4

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Cierra la puerta, ¿quieres, Johnnie? No te quedes ahí toda la noche.
Cleveland se acercó al fuego, tomando asiento en un taburete de madera, mientras Johnnie cerraba la puerta.
-Me llamo Dinsmead -le dijo el cabeza de familia con toda cordialidad-. Ésta es mi esposa, y éstas mis dos hijas, Carlota y Magdalena.
Por primera vez Cleveland vio el rostro de la otra joven sentada de espaldas a la puerta, y aunque totalmente distinta a la otra, era también una belleza. Muy morena, con el rostro pálido, una delicada nariz aguileña y boca perfecta. Al oír la presentación de su padre inclinó la cabeza mirándole como si quisiera adivinar su carácter..., como si le estuviera pesando en la balanza de su joven juicio.
-¿Quiere beber alguna cosa, señor Cleveland?
-Gracias -replicó Mortimer-. Una taza de té me sentaría admirablemente.
El señor Dinsmead vaciló un momento, y luego fue vaciando las cinco tazas, una tras otra, en la tetera.
-Este té está ya frío -dijo con brusquedad-. ¿Quieres hacer un poco más, mamá?
La señora Dinsmead levantóse rápidamente y recogió la tetera. Mortimer tuvo la impresión de que se alegraba de poder abandonar la habitación.
El té no tardó en llegar y el inesperado huésped participó en la cena.
El señor Dinsmead charlaba y charlaba..., estuvo comunicativo, genial y locuaz, contando al forastero toda su vida. Que se había retirado últimamente del negocio de la construcción..., sí, era un buen asunto. Él y su esposa habían creído que les convendría un poco de aire puro..., hasta entonces nunca habían vivido en el campo. Claro que era mala época, octubre y noviembre, pero no quisieron esperar.
-La vida es tan insegura, señor...
De modo que alquilaron aquella casita situada a ocho kilómetros del pueblo más cercano, y a diecinueve de lo que podríamos llamar la ciudad. No, no se quejaban. Las hijas lo encontraban un poco aburrido, pero él y su esposa disfrutaban con aquella tranquilidad.
Y así continuó largo rato, dejando a Mortimer casi hipnotizado con su facilidad de palabra. Estaba seguro de que allí no había otra cosa que vulgaridad doméstica, y no obstante al penetrar en la casa diagnosticó otra cosa..., cierta tensión..., cierta corriente que emanaba de una de aquellas cinco personas..., no sabía de cuál. ¡Simplezas, sus nervios estaban fuera de quicio! Les asustó al pronto su repentina aparición, seguramente..., nada más.
Insinuó la cuestión de buscar cobijo para pasar la noche, hallando pronta respuesta.


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