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S.O.S. (Agatha Christie) - pág.3

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Pronto pudo salir de la niebla, viendo que la luz salía de una ventana de una casita de campo. Allí por lo menos encontraría refugio. Mortimer Cleveland apresuró el paso, inclinando la cabeza para hacer frente a la lluvia y al fuerte viento que intentaba hacerle retroceder.
Cleveland era, a su manera, una celebridad, aunque la mayoría de la gente desconociera su nombre y actividades. Era una autoridad en ciencias mentales y había escrito dos libros de texto sobre el subconsciente. Era, además, miembro de la Sociedad de Investigaciones Físicas y un estudiante de las ciencias ocultas en cuanto afectaran sus propias conclusiones y línea de investigación.
Su naturaleza era muy susceptible al ambiente, y gracias a un adiestramiento deliberado había acrecentado este don natural. Cuando hubo llegado a la casa y llamado a la puerta, tuvo conciencia de una excitación, y de un interés especial, como si todas sus facultades se hubieran agudizado de pronto.
El murmullo de voces del interior llegaba perfectamente hasta sus oídos. Después de su llamada se hizo un silencio, y luego oyó correr una silla. Al minuto siguiente le abrió la puerta un muchacho de unos quince años. Cleveland pudo contemplar por encima de su hombro la escena del interior, que le recordó los cuadros de un pintor alemán.
Una mesa redonda preparada para la cena y una familia reunida a su alrededor; un par de velas encendidas y la luz del hogar iluminándolo todo. El padre, un hombre corpulento, sentado a la cabecera de la mesa, y frente a él una mujercita de cabellos grises y aspecto atemorizado. Frente a la puerta, mirando a Cleveland, una muchacha que había detenido su taza en el aire sin acabar de llevarla a sus labios.
Cleveland vio en seguida que su hermosura era poco corriente. Sus cabellos, rubios como el oro, enmarcaban su rostro como una aureola; sus ojos, muy separados, eran de un gris purísimo, y la boca y la barbilla dignas de una madonna italiana.
Hubo un minuto de silencio absoluto. Luego Cleveland penetró en la casa refiriendo lo que acababa de ocurrirle. Cuando hubo terminado su historia se hizo otra pausa difícil de explicar. Al fin, como si le costara un gran esfuerzo, se levantó el padre.
-Pase, señor... ¿señor Cleveland, dijo usted?
-Ése es mi nombre -repuso Mortimer sonriendo.
-Ah, sí. Pase, señor Cleveland. Hace noche de perros, ¿no es cierto? Acérquese al fuego.


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