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S.O.S. (Agatha Christie) - pág.2

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Nunca vemos a un ser viviente.
-No -dijo su padre-. Nunca vemos a nadie.
-No sé por qué la alquilaste, papá -intervino Carlota.
-¿No, hija mía? Pues tenía mis razones..., sí, tuve mis razones.
Sus ojos buscaron los de su esposa, pero ella frunció el ceño.
-Y además está encantada -continuó Carlota-. No dormiría aquí sola por nada.
-Tonterías -replicó el padre-. Nunca viste nada, ¿no es cierto?
-Quizá no haya visto nada, pero...
-Pero, ¿qué...?
Carlota no contestó, mas un estremecimiento recorrió su cuerpo. Un fuerte ramalazo de lluvia azotó el postigo de la ventana y la señora Dinsmead dejó caer la cuchara, que tintineó contra la bandeja.
-¿Estás nerviosa, mamá? -dijo el señor Dinsmead-. Hace mala noche, eso es todo. No te preocupes, aquí estamos seguros junto al fuego, y no es probable que nadie venga a molestarnos. Vaya, sería un milagro que viniera alguien, y los milagros no ocurren a menudo. No -agregó como para sus adentros con extraña satisfacción-. Los milagros no ocurren a menudo.
Apenas acababa de pronunciar estas palabras cuando llamaron a la puerta, y el señor Dinsmead quedó como petrificado.
-¿Qué es eso? -murmuró boquiabierto.
La señora Dinsmead, exhalando un gemido, se arropó más en su chal. El color acudió a las mejillas de Magdalena cuando se inclinó hacia delante para decir a su padre:
-El milagro ha ocurrido. Será mejor que vayas a ver quién es.
Veinte minutos antes Mortimer Cleveland se hallaba examinando su automóvil bajo la lluvia y envuelto en la niebla. Aquello sí que era mala suerte. Dos pinchazos en menos de diez minutos, y allí estaba detenido a muchos kilómetros de distancia de cualquier parte, en mitad de las desnudas tierras de Wilstshire, con la noche echándose encima y sin la menor esperanza de encontrar dónde guarecerse. Le estaba bien empleado por querer tomar un atajo. ¡Si hubiera continuado por la carretera principal! Ahora se encontraba perdido en mitad de un camino de carros cerca de la ladera de una colina, sin posibilidad de hacer avanzar su coche, ni la menor idea de a qué distancia estaba el pueblo más próximo.
Miró perplejo a su alrededor y sus ojos percibieron el resplandor de una luz en la ladera de la colina. Un segundo más tarde la niebla la ocultó de nuevo, pero aguardando con paciencia logró verla otra vez. Tras un momento de vacilación se decidió a abandonar el automóvil, encaminándose hacia la colina.


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