Problema en el mar (Agatha Christie) - pág.8
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-Completamente segura -La voz de la señora Clapperton sonó aún más aguda.
El coronel intentaba, sin éxito, hacer girar el picaporte.
-¿Qué pasa, John? La puerta está cerrada. No quiero que me molesten los camareros.
-Lo siento, querida, perdona. Sólo quería mi guía Baedeker.
-Bueno, pues te quedarás sin ella -saltó la señora Clapperton-. No voy a salir de la cama. Vete ya, John, y déjame un poco tranquila.
-Desde luego, querida, desde luego.
El coronel se retiró de la puerta. Pam y Kitty le rodearon.
-Vamos en seguida. Menos mal que tiene el sombrero en la cabeza. ¡Ay, Dios mío! No se habrá dejado el pasaporte en el camarote, ¿verdad?
-Lo tengo en el bolsillo... -empezó el coronel.
Kitty le apretó el brazo.
Inclinado sobre la barandilla, Poirot les estuvo viendo salir del barco. Oyó que alguien a su lado respiraba profundamente y, al volver la cabeza, vio a la señorita Henderson, que tenía la vista fija en las tres figuras que se alejaban.
-Conque se han ido a tierra -dijo, desanimada.
-Sí. ¿Va a bajar usted?
Poirot observó que llevaba puesto un sombrero de ala y un bolso y unos zapatos muy elegantes. Tenía el aspecto de haberse arreglado para desembarcar. Sin embargo, tras una pausa brevísima, la señorita Henderson pareció que había desistido de hacerlo y dijo:
-No. Me voy a quedar a bordo. Tengo que escribir muchas cartas.
Se volvió y dejó a Poirot.
Jadeando, tras sus cuarenta y ocho vueltas a la cubierta de paseo, el general Forbes ocupó el lugar de la señorita Henderson.
-¡Aja! -exclamó al ver al coronel y a las dos chicas que se alejaban-. ¡Conque ésas tenemos! ¿Dónde está madame?
Poirot explicó que la señora Clapperton se quedaba en cama, descansando.
-¡Increíble! -exclamó el general-. Ella estará levantada para la comida, y si resulta que el pobre desgraciado, sin tener permiso, no se presenta, habrá jaleo.
Pero los pronósticos del general no se cumplieron, y cuando el coronel y las dos damiselas que le acompañaban regresaron al barco, a las cuatro de la tarde, no había hecho todavía acto de presencia.
Poirot estaba en su camarote y oyó al marido llamando a la puerta del suyo, de un modo un poco culpable. Oyó que la llamada se repetía, que el coronel trataba de abrir la puerta y que, por último, llamaba a un camarero.
-Oiga, no me contestan.
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