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Problema en el mar (Agatha Christie) - pág.7

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-¿Ve usted? -dijo-. El hombre que puede dar a sus compañeros y a sus adversarios las cartas que quiera, vale más que se mantenga alejado de una partida amistosa. Si la suerte se vuelve de su lado, podrían decirle cosas desagradables.
-¡Oh! -dijo Kitty, sin aliento-. ¿Cómo pudo hacerlo...? Parecía que daba las cartas como todo el mundo.
-La rapidez de la mano engaña la vista -dijo Poirot en tono sentencioso, y observó el repentino cambio de expresión del coronel.
Fue como si se hubiera dado cuenta de que se había descuidado por un momento.
Poirot sonrió. El ilusionista se había dejado ver, tras la máscara del perfecto caballero.


El barco llegó a Alejandría al amanecer de la mañana siguiente.
Cuando Poirot subió a desayunarse, encontró a las dos chicas listas para bajar a tierra. Estaban hablando con el coronel Clapperton.
-Tenemos que bajar en seguida -instó Kitty-. Los de los pasaportes se marcharán de un momento a otro. Viene usted con nosotras, ¿verdad? ¡No nos va a dejar ir solas a tierra! Nos podrían ocurrir cosas horribles.
-Desde luego, no creo que debáis ir solas -dijo Clapperton sonriendo-. Pero no sé si mi mujer se sentirá con ánimos de ir.
-¡Qué lástima! -dijo Pam-. Pero puede quedarse descansando.
El coronel Clapperton parecía un poco indeciso. Se veía claramente que la tentación de hacer novillos era muy fuerte. En eso, advirtió la presencia de Poirot.
-¿Qué hay, monsieur Poirot, baja usted?
-No, creo que no -contesto Poirot.
-Voy... voy a hablar con Adeline -decidió el coronel Clapperton.
-Vamos con usted -dijo Pam. Le hizo un guiño a Poirot-. A lo mejor podemos convencerla para que venga también -añadió en tono grave.
Al coronel Clapperton pareció agradarle la idea, como si le quitaran un peso de encima.
-Venid entonces las dos -dijo alegremente.
Se marcharon los tres juntos por la cubierta B.
Poirot, cuyo camarote estaba frente por frente del de los Clapperton, los siguió con curiosidad.
El coronel Clapperton, un poco nervioso, golpeó con los nudillos en la puerta del camarote.
-¿Adeline, querida, estás levantada?
La voz adormilada de la señora Clapperton contestó desde dentro:
-¡Jesús! ¿Quién es?
-Soy yo, John. ¿Quieres bajar a tierra?
-Desde luego que no -Habló con voz chillona y terminante-. He pasado muy mala noche y me voy a quedar en cama casi todo el día.
Pam intervino, vivamente:
-Oh, señora Clapperton, lo siento, ¡Nos gustaría tanto que viniera con nosotros! ¿Seguro que no quiere venir?


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