Problema en el mar (Agatha Christie) - pág.5
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Clapperton debía ponerse en su puesto. Consiente demasiado a su mujer.
-Ella tiene la bolsa -dijo Poirot gravemente.
-¡Ja, ja! -rió entre dientes el anciano-. Lo ha expresado muy bien, en pocas palabras. Ella tiene la bolsa. ¡Ja, ja!
Dos chicas entraron atropelladamente en el salón de fumar. Una de ellas tenía la cara redonda y pecosa, y su cabellera oscura flotaba en desorden; la otra tenía pecas y el cabello rizado y castaño.
-¡Al rescate, al rescate! -exclamó Kitty Mooney-. Pam y yo vamos a rescatar al coronel, pobre Clapperton.
-A rescatarlo de su mujer -dijo Pamela Cregan, jadeante.
-Es una monada de hombre...
-Y ella es horrorosa, no le deja hacer nada -exclamaron las dos chicas.
-Y cuando no está con ella, lo atrapa la Henderson...
-Que es muy agradable. Pero viejísima...
Salieron corriendo, diciendo entrecortadamente, entre risa y risa:
-¡Al rescate, al rescate!
Que el rescatar al coronel Clapperton no era un arranque pasajero sino un proyecto arraigado en ellas, quedó demostrado aquella misma noche, cuando Cregan se acercó a Hércules Poirot y murmuró:
-Obsérvenos, monsieur Poirot. Vamos a raptarlo delante de las narices de su mujer y a llevarlo a pasear a la luz de la luna en el puente superior.
En aquel preciso instante, el coronel Clapperton estaba diciendo:
-Le concedo que el «Rolls Royce» es caro. Pero tiene uno coche para toda la vida. Mi coche...
-Mi coche, querrás decir, John -dijo la señora Clapperton con voz chillona.
Él no demostró que su grosería le molestaba. O ya estaba acostumbrado o si no...
«O si no...», pensó Poirot, y se puso a meditar.
-Claro, querida, tu coche.
Clapperton hizo una pequeña inclinación a su esposa y terminó lo que estaba diciendo, imperturbable.
«Voilá ce qu´on appelle de pukka sahib -pensó Poirot-. Pero el general Forbes dice que Clapperton no es un caballero. No sé qué pensar.»
Alguien propuso una partida de bridge. La señora Clapperton, el general Forbes y una pareja de mirada aguda se sentaron a la mesa de juego. La señorita Henderson se había disculpado, saliendo a cubierta.
-¿Y su marido no juega? -preguntó el general Forbes, indeciso.
-John no jugará -dijo la señora Clapperton-. Es un fastidio.
Los cuatro jugadores empezaron a barajar las cartas.
Pam y Kitty avanzaron sobre el coronel Clapperton, cogiéndole cada una por un brazo.
-¿Se viene usted con nosotras? -dijo Pam-. Arriba, al puente.
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