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Problema en el mar (Agatha Christie) - pág.3

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Ella le hizo un saludo ligero y salió a cubierta.
A los ojos de Poirot asomó por un momento una expresión un poco perpleja, luego se levantó, los labios fruncidos por una sonrisita, asomó la cabeza por la puerta y miró a cubierta. La señorita Henderson se inclinaba contra la barandilla, hablando con un hombre alto, de aspecto militar.
La sonrisa de Poirot se acentuó. Volvió al salón de fumar con las mismas precauciones con que la tortuga se mete en su concha. Por el momento, el salón de fumar era sólo suyo, pero supuso certeramente que aquella situación no podía durar mucho.
Y no duró. La señora Clapperton entró por la puerta del bar con el aire resuelto de la mujer que siempre ha podido pagar el precio más alto por todo lo que necesitaba. Llevaba el cabello rubio platino cuidadosamente ondulado y protegido por una redecilla, y la figura, sometida a masajes y dietas, cubierta con un elegante conjunto deportivo.
-¡John! -dijo-. ¡Ah, buenos días, monsieur Poirot! ¿Ha visto usted a John?
-Está en la cubierta de estribor, madame. ¿Voy...?
Ella le detuvo con un gesto.
-Me sentaré aquí un minuto.
Se sentó con aires de reina en la butaca frente a la suya. Desde lejos podían echársele veintiocho años. De cerca, a pesar del maquillaje perfecto, y de las cejas, muy bien depiladas, no representaba los cuarenta y nueve que tenía, sino posiblemente cincuenta y cinco. Sus ojos duros, de pupilas diminutas, eran de una tonalidad azul pálido.
-Sentí no verle anoche en el comedor -dijo-. Desde luego, el mar estaba un poco picado.
-Précisément... -dijo Poirot con calor.
-Afortunadamente, yo no me mareo nunca -dijo la señora Clapperton-. Digo afortunadamente porque, como padezco del corazón, probablemente el marearme significaría la muerte para mí.
-¿Padece usted del corazón, madame?
-Sí, tengo que tener muchísimo cuidado. No debo fatigarme. ¡Todos los médicos lo dicen!
La señora Clapperton había cogido el tema, para ella fascinante, de su salud.
-iJohn, pobrecito mío -prosiguió-, se desvive por evitarme que haga demasiadas cosas. ¡Vivo tan intensamente, mi querido monsieur Poirot!
-Sí, sí.
-Siempre me dice: «Trata de vegetar un poco, Adeline.» Pero no puedo. Yo creo que la vida ha sido hecha para vivirla. A decir verdad, me agoté siendo muy joven, durante la guerra. Mi hospital..., ¿ha oído usted hablar de mi hospital? Claro que tenía enfermeras y todo eso, pero era yo quien lo llevaba realmente.


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