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Miss Marple y trece problemas (Agatha Christie) - pág.48

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Durante la comida había surgido una pregunta acerca de un asunto referente a la hacienda, y Simon Clode dijo que no quería que le molestaran con eso y que dejaba que George lo decidiera. George estaba algo inquieto por tener que confiar en su propio juicio y, después del té, pasamos al despacho para que yo echara un vistazo a los papeles en cuestión. Mary Clode nos acompañó.
Un cuarto de hora más tarde me dispuse a marcharme y, recordando que había dejado mi abrigo en el salón, entré a buscarlo. El único ocupante de la habitación era Mrs. Spragg, que estaba arrodillada junto a la silla donde estaba mi abrigo. Al parecer arreglaba innecesariamente la funda de cretona y, al verme entrar, se levantó con el rostro sonrojado.
-Esta funda no cae bien -se lamentó-. ¡Dios mío! Yo hubiera sabido hacerla mejor.
Cogí mi abrigo y me lo puse. Al hacerlo, observé que el sobre que contenía el testamento se había salido del bolsillo y estaba en el suelo. Volví a meterlo en el bolsillo y, tras despedirme, me marché.
Al llegar a mi despacho, les describiré mis siguientes actos con todo cuidado. Me quité el abrigo y saqué el testamento del bolsillo. Lo tenía en la mano cuando entró mi pasante. Alguien quería hablar conmigo por teléfono y la extensión de mi despacho no funcionaba. Por tanto, le acompañé al despacho contiguo y, por espacio de cinco minutos, estuve ocupado hablando por teléfono. Cuando terminé, encontré esperándome a mi pasante.
-Mr. Spragg ha venido a verle, señor. Le he hecho pasar a su despacho.
Encontré a Mr. Spragg sentado junto a mi mesa. Se puso en pie para saludarme de un modo muy obsequioso, y luego pronunció un largo discurso cuya principal intención parecía ser justificarse a sí mismo y a su esposa. Temía que la gente anduviese diciendo que tal y que cual. Su esposa había sido conocida desde su infancia por la pureza de su corazón y sus motivos eran esto, lo otro y lo de mas allá. Temo que estuve bastante brusco con él. Finalmente debió comprender que su visita no era precisamente un gran éxito y se marchó un tanto intempestivamente. Entonces recordé que había dejado el testamento encima de la mesa. Lo cogí, sellé el sobre, escribí una palabras en él y lo guardé en la caja fuerte.


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