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Miss Marple y trece problemas (Agatha Christie) - pág.47

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Emma se aproximó obediente al escritorio.
-En el cajón de la izquierda, no -dijo el viejo Clode irritado-. ¿Es que no sabes que está en el de la derecha?
-No, está aquí, señor -replicó Emma sacándola.
-Entonces debes de haberla guardado mal la última vez -gruñó el anciano-. No puedo soportar que las cosas no estén siempre en su sitio.
Todavía refunfuñando, tomó la pluma de su mano y copió su borrador, enmendado por mí, en otro papel. Luego firmó, así como también Emma Gaunt y la cocinera, Lucy David. Yo doblé el testamento y lo introduje en un sobre azul. Comprendan que, necesariamente, el testamento había sido redactado en una hoja de papel corriente.
Cuando las dos mujeres se disponían a abandonar la habitación, Clode se desplomó sobre las almohadas respirando entrecortadamente y con el rostro descompuesto. Me incliné sobre él con ansiedad y Emma Gaunt regresó junto al lecho. El anciano se recobró sonriendo débilmente.
-Estoy bien. No se alarme, Petherick. De todas formas, ahora que he hecho lo que deseaba, moriré más tranquilo.
Emma Gaunt me miró inquisitivamente, como si me pidiera permiso para abandonar la habitación.
Asentí para confirmárselo y salió, deteniéndose primero para recoger el sobre azul que yo había dejado caer al suelo a causa del sobresalto. Me lo entregó, lo introduje en el bolsillo de mi chaqueta y luego se marchó.
-Está usted molesto, Petherick -me dijo Simon Clode-. Está predispuesto en contra, como todo el mundo.
-No es cuestión de prejuicios -repliqué-. Mrs. Spragg puede ser todo lo que ella dice y no vería inconveniente en que le dejara un pequeño legado como recuerdo agradecido. Pero, se lo digo con franqueza, Clode, es una equivocación desheredar a los de su propia sangre por favorecer a una extraña.
Y dicho esto me volví para marcharme. Había hecho todo lo posible y demostrado mi protesta.
Mary Clode salió del salón y se reunió conmigo en el recibidor.
-Tomará el té antes de marcharse, ¿verdad? Pase usted, haga el favor -y me introdujo en el salón.
En la chimenea ardía un alegre fuego y la estancia resultaba cómoda y acogedora. Me ayudó a quitarme el abrigo, y su hermano, que en ese momento entraba en la habitación, lo tomó de sus manos y lo dejó sobre una silla al otro extremo del salón, y luego vino a sentarse junto al fuego, donde tomamos el té.


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