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Miss Marple y trece problemas (Agatha Christie) - pág.46

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Señaló que Longman se veía obligado a confesar que no había logrado sorprenderla realizando ninguna superchería. Eurydice Spragg había aparecido a su lado en las horas más negras de su vida, le había dado ayuda y consuelo, y estaba dispuesto a defender su causa, aunque ello significara tener que romper con todos los miembros de su familia. Ella era para él más que ninguna otra persona en el mundo.
Philip Garrod fue echado de la casa sin grandes ceremonias, pero como resultado de su ataque de ira, la salud de Clode empeoró notablemente. Durante el último mes había estado en cama casi continuamente y cabía la posibilidad de que no pudiera volver a levantarse hasta que la muerte le liberara. Dos días después de la partida de Philip, recibí una llamada urgente y acudí a la casa a toda prisa. Clode estaba en cama y parecía muy enfermo, incluso ante mis ojos de profano. Luchaba por respirar.
-Este es mi fin -me dijo-. Lo presiento. No discuta conmigo, Petherick. Pero, antes de morir, quiero cumplir con el único ser humano que ha hecho por mí más que nadie en el mundo. Deseo hacer otro testamento.
-Muy bien -le dije-. Si me da instrucciones, le redactaré uno y se lo enviaré para que lo firme.
-Sería inútil -replicó-, pues es posible que no pase de esta noche. Aquí he escrito lo que deseo
-buscó debajo de su almohada- y usted dirá si está como es debido.
Sacó una hoja de papel en la que aparecían burdamente escritas unas pocas palabras en lápiz. Era sencillo y estaba bien claro. Dejaba cinco mil libras a cada uno de sus sobrinos y el resto de sus vastas propiedades a Eurydice Spragg «como prueba de gratitud y admiración».
No me gustó nada, pero allí estaba. No cabía la posibilidad de que hubiera perdido la razón, el anciano estaba completamente cuerdo.
hizo sonar el timbre para llamar a las criadas, que acudieron prontamente. La criada, Emma Gaunt, era una mujer de mediana edad y elevada estatura que llevaba muchos años al servicio de Clode y lo había cuidado con devoción. Con ella vino la cocinera, una mujer joven y frescachona de unos treinta años. Simon Clode las contempló a las dos por debajo de sus pobladas cejas.
-Quiero que seáis testigos en mi testamento. Emma, tráeme mi pluma estilográfica.


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