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Miss Marple y trece problemas (Agatha Christie) - pág.31

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Newman. En su juventud Kelvin fue buzo profesional.
Newman y yo nos miramos significativamente. Las piezas del rompecabezas parecían empezar a encajar.
-¿No reconoció a Kelvin en uno de los hombres de la playa? -preguntó el inspector.
Newman negó con la cabeza.
-Temo no poder ayudarle en eso -dijo pesaroso-. La verdad es que no tuve tiempo de ver nada.
El inspector, muy amablemente, me permitió acompañarlo a Las Tres Ancoras. El garaje se hallaba en una calle lateral. Sus grandes puertas estaban cerradas, pero al subir por la callejuela lateral encontrarnos una pequeña puerta que daba acceso al interior del mismo y que estaba abierta. Un breve examen de los neumáticos fue suficiente para el inspector.
-Lo hemos pillado, diantre -exclamó-. Aquí está la marca, tan clara como el día, en la rueda posterior izquierda. Ahora, Mr. Kelvin, veremos de qué le sirve su inteligencia para salir de ésta.
Raymond West hizo un alto en su relato.
  -Bueno -dijo la joven Joyce-. Hasta ahora no veo dónde está el problema, a menos que nunca encontrasen el oro.
-Nunca lo encontraron, desde luego -repitió Raymond-, y tampoco pudieron acusar a Kelvin. Supongo que era demasiado listo para ellos, pero no veo cómo se las arregló. Fue detenido por la prueba del neumático, pero surgió una dificultad extraordinaria. Al otro lado de las grandes puertas del garaje había una casita que en verano alquilaba una artista.
-¿Oh, esas artistas! -exclamó Joyce riendo.
-Como tú dices: ¡Oh, esas artistas! Ésta en particular había estado enferma algunas semanas y por este motivo tenía dos enfermeras que la atendían. La que estaba de guardia aquella noche acercó su butaca a la ventana, que tenía la persiana levantada, y declaró que el camión no pudo haber salido del garaje de enfrente sin que ella lo viera y juró que nadie salió de allí aquella noche.
-No creo que esto deba considerarse un problema -comentó Joyce-. Es casi seguro que la enfermera se quedó dormida, siempre se duermen.
-Es lo que siempre ocurre -dijo Mr. Petherick juiciosamente-. Pero me parece que aceptamos los hechos sin examinarlos lo suficiente. Antes de aceptar el testimonio de la enfermera debiéramos investigar de cerca su buena fe. Una coartada que surge con tal sospechosa prontitud despierta dudas en la mente de cualquiera.
-También tenemos la declaración de la artista -dijo Raymond-.


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