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Miss Marple y trece problemas (Agatha Christie) - pág.28

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Si es así, saldré a dar un paseo.
Yo bostecé.
-Tengo mucho sueño -dije-. Anoche no dormí mucho y me parece que me acostaré temprano.
Así lo hice. La noche anterior había dormido muy poco y, en cambio, aquella tuve un sueño profundo. No obstante, mi sopor no me proporcionó descanso. Seguía oprimiéndome el terrible presentimiento de un cercano peligro: soñé cosas horribles, espantosos abismos y enormes precipicios entre los cuales me hallaba vagando, sabiendo que el menor tropiezo de uno de mis pies hubiera significado la muerte. Cuando desperté, mi reloj señalaba las ocho. Me dolía mucho la cabeza y seguía bajo la opresión de mis pesadillas.
Tan fuerte era ésta que, cuando me acerqué a mirar por la ventana, retrocedí con un nuevo sentimiento de terror, pues lo primero que vi, o creí ver, fue la figura de un hombre cavando una tumba.
Tardé un par de minutos en rehacerme y entonces comprendí que el sepulturero no era otro que el jardinero de Newman y que  «la tumba» estaba destinada a tres nuevos rosales que estaban sobre el césped esperando a ser plantados.
El jardinero alzó la cabeza y al yerme se llevó la mano al sombrero.
-Buenos días señor, hermosa mañana.
-Supongo que lo es, sí -repliqué dubitativo sin poder sacudir por completo mi pesimismo.
Sin embargo, como había dicho el jardinero, la mañana era espléndida. El sol brillaba en un cielo azul pálido que prometía un tiempo magnífico para todo el día. Bajé a desayunar silbando una tonadilla. Newman no tenía ninguna doncella en la casa, solo un par de hermanas de mediana edad, que vivían en una granja cercana, acudían diariamente para atender a sus sencillas necesidades. Una de ellas estaba colocando la cafetera sobre la mesa cuando yo entré en la habitación.
-Buenos días, Elizabeth -dije-. ¿No ha bajado todavía Mr. Newman?
-Debe de haber salido muy temprano, señor -me contestó-, pues no estaba en la casa cuando llegamos.
Al instante sentí renacer mi inquietud. Las dos mañanas anteriores Newman había bajado a desayunar un poco tarde y en ningún momento supuse que fuese madrugador. Impulsado por mis presentimientos, subí a su habitación. La encontré vacía y, además, sin señales de que hubiera dormido en su cama. Tras un breve examen de su dormitorio, descubrí otras dos cosas. Si Newman salió a pasear debió de hacerlo en pijama, puesto que éste había desaparecido.


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